miércoles, 30 de marzo de 2011

El camino del corazón




Vaya por delante que vivo como una verdad que  Todo Es y Todos  Somos energía, ondas de partículas subatómicas que fluctúan y vibran a diferentes velocidades. Y cuando estas partículas se mueven a frecuencias muy bajas, producen la ilusión sensorial  de un aquietamiento, de solidificación, de materia.  Así entendido,  el Universo es un  firmamento de Luz y nosotros, el arcoiris, su descomposición en infinitos colores, energía individualizada y consciente. No existe, pues, un aquí o un allá reales, salvo en apariencia. Ni un yo y los demás, excepto como ilusión necesaria para el juego de la vida. Todo es un continuum. Uno es Todo y Todos Somos Uno.

Así mirado, no existe una separación real entre ninguno de nosotros, de manera que, por fuerza, las vibraciones energéticas de uno afectan, en mayor o menor medida, consciente e inconscientemente, a todos los demás. Nos relacionamos con todos sin darnos cuenta. Y lo hacemos a través de tres principios de creación, ya que crear no es más que mover y dar forma a la energía de la que estamos hechos: el pensamiento, la palabra y la acción.

Por ceñirnos al primer nivel, cuando pensamos en alguien _y viceversa_ estamos teniendo una influencia en él mucho mayor de la que somos capaces de imaginar. Cada pensamiento dirigido a otro sale de nosotros en forma de ondas, de información mental contenida en la energía que desplaza nuestra mente, y llega a ese alguien para mezclarse con su energía. Si nuestro pensamiento es amoroso con relación a él o ella, por ejemplo, podemos, no en presencia física pero sí energética,  literalmente rodear, abrazar, amar a esa persona. Y, si por el contrario, nuestro pensamiento hacia él o ella es negativo, podemos literalmente herirle, hacer que se sienta inexplicablemente mal.

La manipulación consciente  de la energía es la piedra filosofal con la que actúan las prácticas de brujería o de vudú. Cada pensamiento creado es energía que viaja, de modo instantáneo, en el espacio y el tiempo, para alcanzar la energía (el aura) de aquéllos a los que quieren causar daño.  De otra parte, la manipulación no consciente de la energía es algo que hacemos todos sin reparar casi nunca en ello. Nuestro pensamientos son como conjuros de amor o como maleficios, magia blanca o negra, energía que ama o que odia, la manifestación, a nivel mental, de nuestro desconocido poder creador.

Lo que acabas de leer sucede constamente sin que seamos conscientes de ello. ¿Quién no se ha sentido repentinamente mal en un entorno donde su presencia no es (mentalmente) bien recibida?... ¿Por qué la atmósfera es deliciosa donde se nos ama e irresperable cuando no es así?... Como suele suceder, la respuesta suele estar delante de nuestras narices sin que la veamos. La propia sabiduría popular utiliza la expresión "mal de ojo", es decir, pensamientos negativos (ira, envidia, rencor...) que nos hacen mirar a alguien de forma destructiva y trasladarle, a la velocidad de la luz,  energía capaz de provocarle malestar.

Si esto sucede con los pensamientos, no queráis saber lo que pueden hacer las palabras, que no son otra cosa que energía mental condesada a frecuencia menor, de modo que es audible. O, con los actos... Para echarse a temblar. Es una verdad, y no una metáfora, que las plabras hieren y que los actos pueden matar. Ahora bien, un mal pensamiento aislado, una palabra insolente o un único acto agresivo, comunes en  los arranques de ira o cólera, no son argumento suficiente para causar un gran perjuicio. Cosa bien distinta son aquellos pensamientos, palabras o actos reiterados y permanentes en el tiempo.

Pero el origen de cada desencuentro es siempre sutil; se produce a nivel mental y de modo no consciente.  No es fácilmente detectable. Nos acostumbramos, al olvidar que somos partículas de la misma sopa energética, partes indisociadas del mismo Ser, a pensar que el otro, que somos cada uno, es merecedor de nuestra forma equivocada de mirarlo.

Muchas veces sin querer, hacemos a los demás (y a nosotros mismos) a imagen y semejanza de nuestros pensamientos. Los demás son, a nuestros ojos, lo que pensamos sobre ellos. No es real, pero  reaccionamos emocionalmente antes nuestro espejismo como si lo fuera.  Al respecto os quiero contar que, una vez, conocí a una niña muy hermosa, a la que nadie miraba y, por tal motivo, se hizo invisible. Su historia y su tristeza es la de todos nosotros. Recordadlo.

Nos amamos o nos herimos a nosotros mismos. Y sólo quien conoce el secreto de la energía está en condiciones de no ser vulnerable al pensamiento de los demás. Los maestros espirituales de todos los tiempos lo han sabido y no han pensado jamás  mal,  incluso de quienes los estaban violando, torturando o asesinando.  El maestro ama al prójimo como a sí mismo, porque sabe que todos son él. Y jamás da importancia y poder sobre él a los pensamientos, a las palabras o a los actos de los otros, aunque sean hirientes u ofensivos,  razón por la cual no es permeable al mal de ojo.  A ningún mal. Y mucho menos se permite a sí mismo pensamientos negativos sobre el otro, porque sabe de su poder  creador o destructor.

El maestro sigue el camino del corazón. Y el camino de corazón no piensa mal ni se equivoca nunca.

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martes, 29 de marzo de 2011

El conejo de Jessica





Pertenezco a una generación perdida, entre aquí y ninguna parte, educada en la contradicción y en la más completa  de las hipocresías. A los hombres de mi tiempo nos ha tocado vivir la paradoja de que cualquier modelo masculino anterior ya no servía _por troglodita, machista, rancio y recalcitrante_ y que el nuevo hombre _feminizado, depilado y tope guay_ era un espejismo que estaba aún por venir. Nacimos, pues,  en un lugar sin referentes. Crecimos en tierra de nadie. 

Muchas de nuestras madres se habían ya incorporado al mundo laboral, más allá de la frontera de la cocina, y por eso se nos enseñó que la igualdad entre sexos estaba dejando de ser utopía y que a las mujeres había que tratarlas con el mayor de los respetos. Menos como hembras. Más como hermanas. Así, las chicas dejaron de tener coño y empezaron a tener vagina _ahí dejamos de joder y la jodimos_, y  dejaron de ser también el blanco preferido de nuestros primarios deseos para  empezar a ser colegas _¿qué pasa, tía?..._, tan iguales, tan iguales que había que tratarlas olvidando su sexo. Había que tratarlas con respecto como a los tíos. Había que tratarlas como hombres.

A las mujeres, los hombres de mi generación dejamos de piropearlas, por imperativo social, sencillamente porque eso era una costumbre cochina y machista, capaz de hacer remover en su tumba a Simone de Beauvoir, y, para ir con los tiempos,   tuvimos que dejar de mirarlas, de arriba a abajo y embobados, cuando venían de frente para no parecer unos cerdos que se las querían cepillar. Eso sí, en cuanto pasaban por nuestro lado, volvíamos la vista para radiografiarlas por la popa, hecho que a mí me dejó el trauma profundo de gustarme un buen culo más que ninguna otra cosa en el universo. Ríase usted de las tetas y sus carretas.

Aprendimos a mirarlas sin que nos vieran. A no decirles nada de la estupenda impresión que nos causaba su apariencia y su físico, su hecho diferencial biológico, su feminidad, porque la cultura las había convertido en cabezas pensantes, con un par de cojones en los pantalones  para tomar decisiones y con unas ideas propias que te cagas en las bragas, única cosa que estaba bien visto valorar de ellas.

Recuerdo que cuando las sacábamos a bailar, porque nuestra generación fue la última que pilló la bicoca de los lentos, es un decir, había que andarse con un cuidado del carajo, alejando la zanahoria lo más posible de su conejo y, en lugar de relajarnos y disfrutar, largar cualquier rollo que mantuviese en ellas la ilusión de que las invitábamos a bailar no porque estaban muy buenas, qué va, sino porque teníamos poderes extrasensoriales y éramos capaces de ver, sin cruzar palabra y desde la distancia, lo bien amueblada que tenían la azotea...  Aquellos bailes eran una puñetera tortura, porque tenías que estar con los ojos  alejados del escote, las manos a mil kilómetros del culo, y con la mente  en las chorradas que decías _perdón, en cosas sensibles, tipical femeninas_, ya que era el único modo de garantizar que el tamaño de tu zanahoria quedase reducido a su mínima expresión.

A los de mi generación nos tocó bailar con la más fea y vivir el síndrome Julio Iglesias,  ese hombre indefinido que ni es de aquí ni es de allá. Nos tocó vivir la pesadilla de no saber jamás qué hacer con las mujeres, porque si ibas a saco y de frente, eras un cerdo y un cabrón, y si te quedabas paralizado por el miedo al rechazo en la fase caballero perfecto, largando carrete como un gilipollas, sin nabo conocido y cargado con una tonelada de respeto, te convertías en el típico maricón.

Y cuando algún milagro hacía que consiguieses salir con alguna (entonces se decía así...), cosa que no se explica dada tanta igualdad, tenías que seguir ocultando la zanahoria, negando el conejo tres veces antes de que cantara el gallo, tras una lista tendente a infinito de citas, consistentes en  tomarse copitas  para alegrar de algún modo los bailes castos, unos cuantos cines con derecho a morreo _sin tienda de campaña, por favor_, incontables paseos hablando del existencialismo y de Joyce,  y no sé cuántos cafés mirando a la de turno a los ojos _¡cucurrucucú, palooomaaaa!..._, en lugar de arrancarle a mordiscos el sujetador.

Lo de mi generación _os lo juro_ fue una cosa de locos, porque oías por todas partes aquello de la liberación de la mujer y, lo mejor de todo, no sé qué gilipolleces de su  presunta liberación sexual, para luego encontrarte con la cruda realidad de que, salvo honrosísimas excepciones, no había conejo que quisiese llevarse a la boca ninguna zanahoria. Y no creo que yo sea la excepción a ninguna norma, porque siendo los hombres como somos, prestos y raudos a alardear, no recuerdo yo a ninguno, amigo o conocido, que presumiese de una colección mínimamente presentable de mamadas. 

Todo eso que os cuento ha convertido a muchos tipos desquiciados de mi generación en unos pajilleros consumados, en mirones inconfesos, en cerdos cuando nadie nos ve, en pornómanos de salón, en  machos femeninos y sensibles que no os ven ya como mujeres, porque os miran como un igual, renegados de la mona Chita y adictos a la fotodepilación, con más potingues en el baño que Sara Montiel, y que os tratan como hombres, no sea que alguna pueda pensar que somos unos putos machistas.  Y aquí no tenéis, hechos unos monos de traje y corbata, que, para compensar la permanente frustración, se van a escondidas de putas, en busca del francés perdido, de la boca de las Jessica Rabbit de la vida, las únicas que, de modo natural, tratamos como mujeres.

Claro que eso, en los tiempos que corren, no es de hombres el decirlo. Que me perdonen las señoras de  Beauvoir.

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lunes, 28 de marzo de 2011

Anduriñas




Sé que es primavera, porque al barrio a tomar por saco en el que vivo han llegado las anduriñas _nombre con el que llamamos a las golondrinas en mi tierra_ y también,  las prostitutas.  Las primeras andan merodeando por el patio vecinal, que se asemeja una jartá al penal de Carabanchel, con ventanas llenas de barrotes,  me imagino que para que los ladrones desistan de su empeño de llevarse el ascensor, en busca de una salida de  malos humos humanos en el que hacer su nido. Las segundas revolotean por la rotonda, que tenemos a unos metros del edificio donde nos hacinamos como conejos, en busca de un triste pájaro que llevarse a la boca o a la bisectriz, en calidad de dudoso y gélido aperitivo, para después poder comer caliente con los míseros 20 euros de un francés de pacotilla, con los 30 que cuesta un puñetero completo de la edad de hielo.

Y sé, sin lugar a dudas, que ha llegado ya  la primavera, porque las ventanas del patio de vecinos se abrirán paso en el epílogo del invierno para convertirlo en una caja de resonancia, llena de los sonidos previsibles de los hombres, la misma canción de primavera repetida hasta el hastío, donde todos oíremos el pío-pío de las hermosas anduriñas y, una vez más,  nos guste o no, lo cerdos que son los hijos en edad púber de la vecina de abajo, que ni se lavan, ni recogen su ropa ni hacen ná de ná, tan sólo enchufarse al ordenador día y noche, como aunténticos zombis, y lo próximos que están, esos cabrones digitales y con acné, de llevarse a la sufrida de su madre coraje a la tumba. 

La certeza de la primavera me llega también desde los bancos, hasta ayer mismo huérfanos, del paseo que está delante de la rotonda, milagrosamente reconvertida en un circo romano del tercer milenio, a los que, magia potagia, les florecerán de repente un montón de culos de gente de bien y de su casa, el ciento diez por ciento hombres, a los que les entrarán unas ganas locas de sentarse, a cualquier hora del día y de la noche, delante de la ruidosa e infernal rotonda, no para ver la vida pasar, que eso ya lo hacen en sus casas, sino para con disimulo quedarse bizcos, observando por el rabillo del ojo  el ir y venir de las prostitutas, esas pájaras de cuidado, que visten corto y pían en rumano, porque las dacias _no como las mirlos blancos de las españolas_ son más putas que las gallinas, ya se sabe, mientras invitan a los españolitos a  sacar de su jaula el pájaro al que nadie le  hace puto caso en su santa casa.  

Finalmente, sé que es primavera porque todos echaremos a volar por la ventana la miseria de nuestras pequeñas vidas cotidianas, nuestras familiares tristezas, nuestras comunitarias frustraciones, y porque mientras daremos por buena la mierda con que las anduriñas llenaran el patio, las señoras de los mirones inconfesos de la rotonda pondrán el grito en el cielo por el  indecoroso espectáculo que dan las cerdas de las putas rumanas,  las anduriñas con condón y minifalda, a las que muchos pagarán  una mierda por tragarse la mala leche que se  les pone por vivir en Carabanchel, por tener encerrado su pájaro en el nido, triste y eternamente vacío, al que llaman casa.

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El ángel del perdón



Ya dejé aquí escrito, en alguna otra ocasión, que soy un fanático de la compasión, de la misericordia, del perdón. Nada en mi vida le ha sentado a mi alma mejor que la liberación de la carga de rencor, de ganas de devolver los golpes, que supone el acto íntimo de perdonanza. Perdonar es reconocer que el que te agrede y hiere eres tú, y que no hay ofensa en el mundo lo bastante grande que no merezca la gracia de la reconciliación.

Y de nuevo hoy me asomo a este blog para decírtelo a ti, por escrito y antes testigos, ya que he dejado de confiar en mi cháchara incesante, en mi mal ejemplo de lo que digo respecto a casi todo, y no he sabido encontrar, cara a cara, cuerpo a cuerpo, los huevos, la valentía y la ocasión de entregarte la llave que abre las mazmorras de todos tus pesares, de tus personales tristezas.

Otra vez me visto de palabras, mi amor, para recordarte que si encuentras en ti el camino del perdón, serás por fin libre de la profunda oscuridad que en el corazón deja la afrenta que uno no sabe perdonar. Cuando no hay perdón se detiene la evolución personal, se rompen como un cristal las alas del ángel  de amor que llevamos dentro y nos quedamos atrapados en la ilusión elegida del dolor causado, no por otros, tal y como creemos, sino por nosotros mismos al no saber perdonar.

Pero no es el perdón a otros el que yo te deseo, no al menos antes de ese perdón que te cuesta tanto, a ti, tan crítica contigo misma por amar tanto la perfección, tan bella y tan dura,  el perdón más importante, el perdón a ti debido. Es mi mayor regalo para ti, yo que nada tengo para darte, este deseo suplicante y fervoroso de que te perdones por todo lo que, consciente o inconscientemente, crees erradamente que has hecho mal, porque tú, mi amor, no haces nada mal: tan sólo vives como en cada momento sabes hacerlo.

Y para que mis palabras no se las lleve nuevamente el viento de mi idiotez supina, de mis tropiezos cerriles contra la piedra de mis fracasos, digo, ante ti, mi amor,  y ante el Universo entero, que me perdono todo el daño que haya causado a cualquiera que no sea yo, que es lo mismo que el incuantificable daño que en esta vida me he causado a mí mismo.

Y te pido también perdón a ti, mi amor, por el silencio, por la distancia, por el desencuentro, por la falta de perdón, por la  falta de luz. Y, para concluir, añado que el día en que estas palabras puedan ser leídas con los ojos de tu alma, sabrás perdonarte, perdonarme y perdonar. Sabrás, como yo,  que el fantasma de la ausencia de perdón es la pesadilla del amor.

Ese día podremos amarnos total y plenamente, al fin, libres de la carga del rencor, del dolor que nos derrite  tan a menudo las alas. Y seremos Uno como ya fuimos, antes de ahora y antes del tiempo.

Seremos la historia más bella jamás contada, que nos regala el ángel que hoy te deseo.

El ángel tan bello como tú,  Amor. El ángel del perdón.


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sábado, 26 de marzo de 2011

La corte de los milagros



He desertado, para siempre, los salones mundanos del decoro y las apariencias; dejado atrás todo lo que dignifica la vida de los otros, de la gente comme il faut. Y lo he hecho desde el momento en que yo, que soy habitualmente perro verde y lobo ermitaño, he comenzado a tejer una red social, como se dice ahora, poblada por lo peor de cada casa, por chusma de las profundidas, proscritos y gentuza,  por seres procedentes de la corte de los milagros. Las ovejas negras de las buenas familias. Mi mundo nuevo. Mi nueva casa.

En esos nuevos puentes míos hacia los demás, tendidos por presunto trabajo, pero todos ellos  hechos con el material apasionado de la devoción, que yo ya soy incapaz de hacer nada que no sea por placer, así me maten, me reinvento a mí mismo bajo el cielo de la buena educación, cosa que me pone siempre mucho, y el exquisito respeto, que es una de las virtudes que más aligeran mi alma de gaviota. Y como es ley en el Universo, en cuanto toco una tecla del ordenador o del teléfono, se acercan a mí compañeros del inframundo, diablos de todos los pelajes,  afines en la compartida creencia de que es posible crear un mundo _una quimera para la gente estupenda_ donde la libertad individual jamás entra en conflicto con la palabra tolerancia. 

Esos afines no tienen nombre conocido en el mundo real _para nosotros, el de las apariencias_ y ha sido necesario inscribirlos en el registro incivil de la pantomima para darles un apodo que los mantenga a salvo de los apedreamientos. Se llaman por ejemplo Antonia, la inesperada exquisitez y la dulzura que florece en la oscuridad de una mazmorra; o Juan, catedrático de secundaria, que ha probado la mayor parte de los placeres que los demás arrojan, por perjuicios, a las letrinas de la vergüenza;  o Marc, parado y abanderado de las noticias más cerdas de las catacumbas; o Gaelx, que nos recuerda que no ha nacido  varón, capaz de dibujar con precisión el mapa de la vagina humana, o tantos y tantos otros que abominan de tener que disfrazarse para ir cada día a la oficina y, con el fin de quitarse el olor a podredumbre y a mentira, se zambullen cada noche en los abismos de sí mismos, los que la mayoría , desde el desprecio que emana de su ignorancia, considera pestilente cloaca.

Yo, como todos, llamo a mi vida aquello que Soy, oink, oink.  Tal y como he llamado, y llamo a diario, a mi torda alazana y a mi Señora de Feroz, a la que amo como a mí mismo y que está todavía convaleciente de sus desventuras mundanas, aún recuperándose en la sala de descompresión de este momento de nuestro camino, echando por la boca la atmósfera tóxica del mundo en que alguien, que no soy yo, la soñó princesa, y empezando a soñar por sí misma en sacar, para siempre, su coño de los salones mundanos en que ambos hemos muerto.

Dios, mientras tanto, espera confiado y musita en silencio la promesa de sus nuevos caminos. Y, por si se nos olvida, nos recuerda que no estamos solos...

"Yo no os envío sino ángeles".


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miércoles, 23 de marzo de 2011

Más allá de la vagina




Os dejo aquí la prueba, una más, de que los caminos del Señor son inescrutables; la constatación de que Di@s ama la diversidad como a Sí Mism@... Pensad en ello. Os dará Luz. Os hará mejores.

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Manifiesto para la insurrección TransFeminista


EL 1 de enero de 2010, desde diferentes barrios, ciudades, culturas y mundos hacemos un llamamiento a la lucha transfeminista, a la conformación de manadas como unidades básicas de convivencia y organización y a la rebelión en las calles, en las casas y en los pueblos. Desde nuestras aceras y con toda nuestra pasión,  proclamamos a los cuatro vientos lo siguiente :

  • Hacemos un llamamiento a la insurrección TransFeminista. Venimos del feminismo radical... Somos las bolleras, las putas, lxs trans, las inmigrantes, las negras, las heterodisidentes... Somos la rabia de la revolución feminista, y queremos enseñar los dientes; salir de los despachos del género y de las políticas correctas, y que nuestro deseo nos guíe siendo políticamente incorrectas, molestando, repensando y resignificando nuestras mutaciones.
  • Ya no nos vale con ser sólo mujeres. El sujeto político del feminismo “mujeres” se nos ha quedado pequeño. Es excluyente por sí mismo... Se deja fuera a las bolleras, a lxs trans, a las putas, a las del velo, a las que ganan poco y no van a la uni, a las que gritan, a las sin papeles, a la marikas... Dinamitemos el binomio género y sexo como práctica política. Sigamos el camino que empezamos: “No se nace mujer, se llega a serlo”, continuemos desenmascarando las estructuras de poder, la división y jerarquización.

  •  Si no aprendemos que la diferencia hombre mujer, es una producción cultural, al igual que lo es la estructura jerárquica que nos oprime, reforzaremos la estructura que nos tiraniza: las fronteras hombre/mujer. Todas las personas producimos género... Produzcamos libertad. Argumentemos con infinitos géneros... Llamamos a la reinvención desde el deseo, a la lucha con nuestros cuerpos ante cualquier régimen totalitario.

  • ¡Nuestros cuerpos son nuestros!, al igual que lo son sus límites, mutaciones, colores, y transacciones. No necesitamos protección sobre las decisiones que tomamos en nuestros cuerpos. Transmutamos de género. Somos lo que nos apetece: travestis, bollos, superfem, buch, putas, trans... Llevamos velo y hablamos wolof; somos red: manada furiosa.

  • Llamamos a la insurrección, a la ocupación de las calles, a los blogs, a la desobediencia, a no pedir permiso, a generar alianzas y estructuras propias: no nos defendamos, ¡hagamos que nos teman! Somos una realidad, operamos en diferentes ciudades y contextos, estamos conectadxs, tenemos objetivos comunes y ya no nos calláis. 

El feminismo será transfronterizo, transformador transgénero o no será, el feminismo será TransFeminista o no será...

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martes, 22 de marzo de 2011

La palabras del diablo

  
Dirijo estas palabras a los lectores que, según me consta, puntual o regularmente me leen desde el otro lado del Gran Charco, en la América hispanohablante, incluidos los Estados Unidos, ya que, desde una perspectiva  de diferencia cultural, soy perfectamente consciente de que la mayoría de ellos puede encontrar, en mi forma no autocensurada de comunicarme, expresiones que, desde sus usos verbales habituales, le puede parecer malsonantes, mal educadas o incluso groseras y soeces.

Sepan todos ellos, que ninguna de mis palabras encierra el más mínimo deseo de ofender _sí de molestar y conmover, de mandar a tomar por saco a mentes plastificadas por la doble moral de saldo_, ya que este animal de bellota que les habla ha elegido venir a este mundo con vocación de ponerlo  literalmente patas arriba, no os lo niego, pero jamás con voluntad de herir a nadie, ni siquiera verbalmente.   Otra cosa es que la ofensa, como suele ocurrir tan a menudo, viva en los ojos del que lee, en los oídos prejuiciosos del que escucha, ya que todos _incluido yo mismo_ hemos sido mal-educados en la universal creencia de que, al igual que sucede entre los hombres, hay palabras buenas y estupendísimas y otras, siniestras e indignas, vaya por Dios. 

No es el caso en el universo de quien les habla. La coprolalia en mi boca es darme permiso para no temer a las palabras y disfrutar con todas ellas. En mi reino,  todos los hombres son iguales y las palabras son sólo palabras, puente frágiles o eternos que mi alma en rebeldía tiende hacia quien encuentre en ellas su solaz o su consuelo, su adhesión por reconocimiento o el mayor de los desprecios. A mí me da igual, yo no pongo expectativas en ellas. Pongo, eso sí, el corazón entero, la luz inagotable que vive en mi adentro. Mi invisible riqueza.

Para mí, en las palabras no anida la maldad, como tampoco lo hace en el interior de ninguno de nosotros. No son mensajeras de las tinieblas,  aunque muchos ojos pueden encontrar en ellas la oscuridad. Son palabras en libertad, eso sí, divinas aunque no lo parezcan, porque a mí Dios de Amor no lo chulea ningún Papa, ni lo secuestra ninguna iglesia. Faltaría más.

Las palabras no las carga el diablo, sino los prejuicios de quienes creen tener a Dios, o a la Razón, únicamente de su parte.

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Papá




Hace unos días, con motivo del día del padre, que aquí todo Dios tenemos dedicado un día para olvidarlo los restantes 364, mis cinco hijos me felicitaron con efusión, haciéndome temblar el píloro en una sacudida emocional de grado 8 en la Escala de Richter. Los dos mayores, que viven a tomar por saco de mí, allá en mi amada Galicia, me hicieron llegar una foto suya dedicada que supo borrar de un plumazo todas las distancias. Las tres pequeñas, que sí viven conmigo, lo hicieron a golpe de poesías aprendidas en el cole,  que me recitaron así, a bocajarro y a traición, sin decirme papá, te vamos a  provocar un terremoto en el corazón,  poniéndome los pocos pelos de punta y los ojos míos en pleamar.

Yo, ese día, aunque no me tocó el cupón, fui el padre más rico del mundo y mis hijos todos, el mejor ejemplo de que los mayores poco tenemos que enseñarles de importante que ellos, sin que les toquemos las narices, no sepan ya. Ése día, fui padre felicitado e hijo amnésico, porque yo al mío, a  papá, ni se me ocurrió llamarle. Es hora, pues, de llenar los huecos de tantas otras fechas pasadas en las que, inconscientemente, me comporté como huérfano. Para algo bueno tenía que servir este blog, este reino del silencio, donde puedo largar a gusto sin que nadie me contradiga.

Mi padre es de los que no quedan. Un cacho de pan. Un tipo bueno hasta la médula y singular, un hombre que jamás me puso la mano encima, un milagro del carallo si tenemos en cuenta que su generación fue adiestrada en la impronta de que la educación con hostiazo entra. Jamás recuerdo yo a papá, fuera de sí y hecho un basilisco, ni siquiera medio furioso por nada, mucho menos dando voces, nunca dispuesto a echar la bronca. Jamás recuerdo a papá, ejerciendo, porque lo digo yo o por sus santos  huevos, de tradicional papá.

Aunque lo elegí yo _porque todos y cada uno elegimos a nuestra familia antes de nacer (sí, sí... entiendo que hayáis empezado a llamar masivamente a los loqueros...)_, con mi padre me tocó la lotería celestial, porque no hallaréis en él el más mínimo atisbo de ira, de violenta testosterona, de ejercicio despótico y tiránico de la autoridad. Y sin embargo, a la hora de imitar modelos, yo elegí el de mi madre, echá palante como ella sola, dicharachera y la última palabra la digo yo.

Confundí la calma de papá con la mansedumbre. El silencio con la falta de criterio. Las manos blancas de no pegar con déficit de arrojo y valentía. Y, no queriéndome parecer a él, me convertí en un ser con un par de ovarios a la usanza de mi madre, porque el hombre formidable que dormía en mi padre no fui quien de verlo hasta como quien dice ayer, cuando los muchos años de la experiencia colocan a todo Cristo en su lugar y a mi padre en el merecido altar de los hombres buenos y honrados hasta el aburrimiento.

El único fallo de mi padre fue el de ser generoso y trabajador hasta la médula y querer, como todos los de su  famélica generación, que sus hijos fuesen más que él, que tuviesen todo lo que él nunca tuvo.

Ahí se equivocó. El camino no era, como ahora sé, ser diferente y más que tú, sino ser precisamente tú, el renegado de la testosterona y el hombre tranquilo. El hombre que vence al tiempo y se hace eterno, porque no lucha. No agrede. No impone. No mata. Mi padre de manos blancas y el ahora blanco abuelo Quin. Mi elección más inmerecida y afortunada.

Papá.

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domingo, 20 de marzo de 2011

En estado de TOC




Estoy hecho un manojo de TOCs. Entiéndase por TOC, las siglas con que la psiquiatría de dar pastillas para matar fantasmas denomina al trastorno obsesivo compulsivo, comúnmente ejemplificado en ese tipo raro con avaricia, al que podemos ver lavándose cada dos por tres las manos como si quisiera desepellejarse,  ese perro verde que tiene pensamientos recurrentes relacionados con la posibilidad constante de contraer un enfermedad más que mortal, provocada por gérmenes asesinos, virus más que fatales o amebas destructoras procedentes del planeta temor. Y, preso de su obsesión por sobrevivir a toda costa en la aspesia y la limpieza supina, por hacer vida en un quirófano alimentándose de suero y persiguiendo enfermeras limpias y aseadas,  señoras de las casas de los demás, dice constantemente gilipolleces y reproduce, como un robot, comportamientos tendentes a protegerle de la amenaza fantasma que atenta a cada momento contra su vida.

Yo no me siento especialmente identificado con el señor don limpio, pero sí con sus manías persecutorias, con su mente eternamente presa de delirios, que se repiten, como una condena, una y otra vez. Yo también _debo admitirlo_ tengo TOCs para parar un tren. O dos.

De unos años a esta parte, el que encabeza la lista de mi personal ranking, es el TOC, ya no de pensar en Dios _que de eso podría escribiros un Espasa divina_, sino de pensar y hablar como siendo Dios, que tiene mandanga la cosa, porque, a ojos de los que no están mentalmente chalados como yo, soy el más difícil todavía y el  paso siguiente al típico loco que se cree Napoleón... Yo no me creo Dios. Yo, sencillamente, sé que soy _como tú que me lees, como todos, como todo, incluidos los chipirones_, sencillamente, Dios. 

El segundo TOC favorito mío de la lista guarda relación con el pánico  paranoide a ser normal, que tiene que todo que ver con llevar la contraria, ya que me sale un sarpullido que te cagas ante la menor posibilidad de pasar por alquien con la cabeza en su sitio, sin obsesiones ni fobias de ningún tipo, un aburrimiento, a mi patológico entender, absoluto y  total. De ahí que piense con recurrencia en cosas que la normalidad abomina, que diga chorradas a más no poder y que me comporte, renegado de la ordinary people, como un bastardo y oveja negra de la oficialidad.

El tercero es el TOC del vividor y del canalla, al que, para completar un cuadro esquizofrénico de espanto, le gusta mezclar las churras con las merinas y darle vueltas, en mi extraño mortero vital, al Divino Amor que siento en mí cada día con mi Belcebú de noche, Dios y el Diablo en un mismo saco, la gran herejía, obsesionado como estoy en no juzgar nadie  y en cagarme en la madre que parió de quienes se creen con derecho a ello.

El cuarto en discordia pasa por ser el TOC que me hace soñar con planetas, con otros mundos  únicamente reales en mi interior, donde la libertad se hace reina; la tolerancia su lesbiana consorte; el respeto el pan nuestro de cada día, y la generosidad, la grandeza de amar, la llave que abre las puertas de la abundancia por fin compartida y el punto y final de los ladrones que están las cárceles y, los más peligrosos, todos aquéllos que no lo están.

Los siguientes TOCs, podría citaros miles, son todos variantes de los mismos personajes, el santo y el cabrón,  formados por marabuntas de pensamientos que suelo centrar en mi jaca de bandera, a la que persigo compulsivamente como perro en celo, obsesionado con tocarle el culo y todo lo que se tercie, con comérmela _literalmente_ con tangas o si ellos, con amarla y llevarla al huerto _al de Gestemaní y a todos los demás_ de aquí a la eternidad.

Y cuando los TOCs me dan un mínimo respiro, ejerzo de padre de otro mundo, extraño con ganas y compulsivamente  anormal, papel que se me hace TOC sin querer entre las manos, ya que, teniendo hijos por partida quíntuple, lo repito como un poseso, aún a mi pesar.

En suma, que soy lo que tú llamarías un tronao, cuya enajenación mental jamás es transitoria. Lo que se dice un Julio Iglesias de la vida, truhán a tiempo mental completo _y a veces incluso, señor_. El eslabón perdido entre los normales  del carajo y los que se creen Napoléon. Un dios, venido a más, en un hombre, venido a extraterrestre. 

O, simplemente, un divino irreverente... en estado alterado de TOC.

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sábado, 19 de marzo de 2011

La zorra en el gallinero




Estoy del libro de las caretas hasta los santísimos. El día en que, por razones profesionales, di de alta un perfil en el puñetero feisbú escribí, sin ser consciente entonces, un capítulo más de mis innumerables y  rancios desencuentros con el mundo. Y van catorce trillones sólo en esta vida. Ese día fue como meter la zorra en el gallinero. El dedo en la llaga de mi creciente incompetencia socializadora, no por falta de aptitudes personales para ello, sino por pereza en quedar de guay y chupagaitas, por mis nulas ganas de jugar  y contribuir al carnaval de lo socialmente correcto. Ésa plaga.

Así me luce el pelo de zorra fuera de sitio y metida en gallinero ajeno, el de la gente de bien, ya que mi lista de agregados al perfil es, como poco, folklórica a más no poder. Y, puestos a jugar a las apariencias, práctica de la gallinita ciega que tan contento pone al mundo, cualquiera diría que este padre de cinco hijos es un hijo de la gran zorra amoral, de la puta que parió las malditas ciudades bíblicas de Sodoma y de Gomorra.

En el mundo socialmente correcto del feisbú, un tipo como yo debe parecer un ser de otro planeta, oscuro y canallón, una zorra del planeta pecado, metida de estrangis  en el mundo de los ángeles custodios de la buena moral, ya que, de facto, el ojo del dios americano, dueño del club privado al que pertenecen 600 millones de personas de buen ver, todos ellos amigos los unos de los otros hasta las trancas,  yupi, yupi, me acaba de sacudir un hostiazo virtual  con su libro de censura, dejándome el careto a cuadros e incomunicado para tender puentes, ya no con la gente normal, que es lo suyo, sino con los raritos  de cualquier índole como yo, es decir, con una lista de personajes del lado tenebroso de la Fuerza, a cada cual más gay y lesbiano, más trav o más trans, más libertino y degenerado, más amo de sus esclavos,  más sumisos y más  sumisas _vaya usted a saber_  que los habitantes del universo de placer que existe bajo los pies.

Y lo ha hecho, según él _el amo del cotarro de la amistad mundial, digo_, porque el feisbú es sólo para poner en contacto a amigos con amigos, gente toda ella con pedigree y no para gentuza como yo que, en lugar de amigos como Dios manda, se relaciona con la flora que es mala hierba  y la fauna a extinguir que pueblan mi lista infernal de agregados, afines en carne de censura y compañeros en la común rareza.

Sin embargo, no me quejo, porque yo he tenido más suerte que otros, borrados literalmente, delante de mis narices, de la superficie del feisbú, por el simple hecho de ser diferentes, de buscar su felicidad por caminos en las antípodas del bien y del mal. O menos suerte, según se mire. Porque, de seguir metido en el libro de las caretas y puestos a juzgar por las zorras de las apariencias, cualquier día la vecina, sin tener ni zorra idea, pedirá, por ser yo la encarnación de Sade, o del mismísimo demonio,  o vaya usted a saber, mi expulsión a perpetuidad de la correcta comunidad en la que oculto mis pecados, y los amigos que ya no me quedan torcerán la cara al verme y me negaran el normal saludo por ser yo, a sus ojos, un maricón de tres pares de cojones, un travelo de pelo pecho y gaita gallega, un amo cornudo del  Averno o un esclavo de abyectas y escandalosas pasiones.

Lo mismo mi mujer _Dios no lo quiera_ me dirá cualquier día que estoy hecho un zorrón de mucho cuidado, un frívolo y un casquivano  del copón, y que yo, que soy cigüeño confeso, ando por esos mundos del feisbú,  como zorra caliente en gallinero ajeno, persiguiendo, en plan sátiro, culos más allá de ella, valiente gilipollez, o desesperado por meterla en cualquier agujero, sea femenino o no, que se me ponga por delante y a tiro del cerdo mayúsculo que soy.

Lo dicho, que de ese gallinero, mejor que echen ya a una zorra como yo. Total nadie se ha molestado en leer la frase que puse para definirme... "No siendo nadie, soy cada uno de vosotros"...

Si lo hubiesen hecho, habrían entendido que el mundo maravilloso de las caretas, qué guay, qué guay,  se me hace gallinero pequeño y que aspiro, en legítimo ejercicio de mi libertad, a ser todos los mundos.

Así me va.

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jueves, 17 de marzo de 2011

Armagedon


Lo que acaba de suceder en Japón no tiene nada que ver con la desgracia o el infortunio, aunque elijamos vivirlo de esa manera, ni encuentra forzosamente su causa en la inevitabilidad de las catástrofes naturales. El terremoto y posterior tsunami, que acaban de asolar el país del sol naciente, son una creación inconsciente de todos nosotros. Son la materialización y la consecuencia de proyecciones mentales asociadas al miedo. Son fruto del inconsciente colectivo que en este tiempo aparece inexorable y culturalmente asociado a la palabra apocalipsis, tal y como ha empezado a aparecer en los titulares de los medios de comunicación.

Seguimos dormidos con respecto al poder creador de los pensamientos y las palabras. Creemos que las pesadillas, los malos sueños que genera el miedo, suceden por azar o necesidad, y no guardan relación directa con nosotros. Nos sentimos víctimas y, sin embargo, somos los  creadores _a sabiendas o no_ de cada una de nuestra experiencias, tanto de las individuales y, como en el caso que nos ocupa de Japón, de las colectivas.

Habría que preguntarle a cada japonés, conscientes como son de que viven en el ojo del huracán de una zona peligrosamente sísmica, cuantas veces ha pensado en su vida en la posibilidad de que su país sea  destruido por un holocausto natural, asociado a terremotos...

Un tsunami es la suma de miles, de millones de pensamiento individuales relacionados con el miedo atávico a las catástrofes naturales, en las que la Naturaleza se revela con un poder devastador sobre nuestras insignificantes existencias mortales. Es la película apocalíptica que elegimos cada vez que proyectamos mentalmente nuestro miedo a morir en el escenario del  fin del mundo, que todas las culturas coinciden en situar en este tiempo. No es real, pero lo experimentamos con la misma intensidad que si lo fuera. Igual que cuando, delante del cine, nos decidimos por ver una película de terror. Somos conscientes (en este caso, sí) de que lo que sucede en la pantalla no es verdad, pero el miedo experimentado, _pues se trada de una experiencia libremente buscada_, sí lo es y mucho, ¿verdad?...

Dicho de otro modo... ¿Quién no ha reído, quien no ha sufrido como un perro, quien no se ha cagado por la pata de miedo en medio de una pesadilla?... Desde la inconsciencia, los sueños parecen terriblemente reales, ¿a que sí?... Desde la conciencia, desde el despertar, no. La tragedia tiene todo que ver con el estado de sueño o de vigilia, con nuestra capacidad para reconocer los sueños.

Por eso os invito a despertar. Por eso os digo que cada gota de agua de la ola devastadora de un tsunami es reflejo de un pensamiento que recoge nuestro temor a morir ahogados por la desgracia.  La ola completa es la suma de todos esos pensamientos. Obviamente, el escenario natural en el que experimentamos nuestras vidas incluye, desde su diseño inicial, la posibilidad de cualquier desastre imaginable, porque son factores de cambio necesarios para dotar de una trama evolutiva a nuestra película, para que podamos experimentar la ilusión del movimiento y el cambio, que es lo único que permanece en el tiempo.

Eso no impide, sino que hace posible, que nuestros pensamientos (el deseo de experimentar la tragedia como si fuera real) tenga el poder de convocar y materializar terremotos, asteroides que colisionan con la Tierra y las siete plagas de Egipto si decidimos pensar en ellas. Lo sucedido en Japón es un fotograma de la película del apocalipsis que entre todos elegimos en este tiempo. Pero apocalipsis, como ya os dije en el inicio de este blog, no significa destrucción ni el final de los días, el gran Armagedon, sino revelación, el afloramiento de la verdad oculta.

Recordad que un tsunami vale su peso en miedo. Es la materialización desastrosa de una enorme cantidad de energía mental y verbal, de pensamientos y palabras que lo evocan y lo atraen, que tienden a hacerlo  parecer real. El tsunami es la resultante de lo que otros, antes que yo, han llamado la ley de atracción. Es la cosecha, en forma de experiencia, de nuestra siembra mental. No es necesariamente el inicio del fin, salvo que lo elijamos, sino  la promesa de un despertar, el principio, si lo deseáis, de una nueva forma de pensar consciente.

Y el final de lo tsunamis. Aleluya.

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miércoles, 16 de marzo de 2011

El pito de papá



Mis hijas pequeñas son la leche. Pura dinamita. El colmo de la desvergüenza natural.  Se ve que, desde el cielo, envían generaciones de almas cada vez mejor preparadas para la vida falsamente moderna de la que tanto presumimos en este espacio ilusorio, llamado Tierra, y en este reloj de pacotilla, donde encerramos el espejismo que denominamos tiempo. 

Ellas _mis hijas, digo_ traen la lección bien aprendida y no se dejan engañar, ni por asomo,   por eso que los presuntamente listillos de los mayores nos empeñamos en enseñarles a golpe de esto está bien o aquello otro está mal.  Anteayer, sin ir más lejos, en el momento de su baño diario, en el preámbulo burbujeante antes de irse a acostar,  me dejé caer como cada tarde-noche por las inmediaciones de la bañera, donde se zambullen, como si fuese piscina olímpica, de tres en tres, pero antes de enjabonarlas a la gallega mientras en el Youtube sonaba, con gran alborozo para ellas, a toda pastilla  A rianxeira, como tantas otras veces, saltó la alarma en mi vejiga y me dispuse a hacer pis allí mismo, delante de sus infantiles narices, todo muy natural y sin aprendidas vergüenzas, tal y como suele ser norma en nuestra casa. 

Al percatarse de mi maniobra de desagüe, las de 3 y 4 años dejaron inmediatamente sus juegos y, con ojos expectantes, se acomodaron en la bañera para ver, en primera fila de platea, a ese extraño animal cilindriforme, calvo como Yul Brynner, al  que una de ellas ha bautizado sin consultarme con el singular apodo de “el hormigo” y que su madre _la de mis hijas, digo_ les ha enseñado a reconocer como distintivo sexual de los chicos, por más señas llamado pito, frente al parrús o el chirri, que es el hormiguero que se encuentra al final de los muslos de las chicas.

Pues bien… Estaba yo orinando tan ricamente, sentado sobre el water y absorto en el placer de vaciar mi cisterna, porque soy de esos papás raros que no acostumbra a mear de pie como los hombres, poniéndolo todo salpicado de orina a cinco kilómetros a la redonda, menudo asco, sino agachado y sin fallar nunca el blanco como las mujeres, cuando ellas _dos de mis hijas, digo_ viendo que el hormigo estaba más  bien a lo suyo y no se dejaba ver ni a la de tres, reaccionaron naturalmente y, al unísono, gritaron a los cuatro vientos del cuarto de baño lo siguiente:

_¡¡¡DÉJANOS VER EL PITO, PAPÁ!!!

Os juro por la vida secreta de mi hormigo que jamás viví  tanta expectación, alegría y alboroto en la antesala de  ver aparecer en  escena al calvo que me cuelga en  la entrepierna. Por un momento, y por gentileza de ambas, me sentí como Nacho Vidal presumiendo de herramienta antes de rodar un anal. 

Lejos de enseñarles el prejuicio de que lo que pedían estaba mal, para complacerlas no tuve siquiera  que cambiar el guión de mi ritual asociado a la micción, ya que soy de esos papás que, sin histerias, se limpia y se relimpia la calva del hormigo con  papel higiénico, también como las chicas.

Cogí  un trozo de papel y antes de levantarme se lo puse como gorro al hormigo. Y ya de pie, con ellas montando bulliciosa fiesta y dando alaridos como posesas, gritando que les enseñara ya el pito, como si estuviesen en su despedida de solteras y  fuese  yo un streeper, mandé el pudor a la mierda y dejé a mi hormigo como Dios lo trajo al mundo con indescriptible regocijo de mis hijas que, agradecidas, me regalaron sus ojos inocentes e  incontaminados.

Sus ojos ajenos a lo que está bien y mal. La mirada más bella de mi hormigo.

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martes, 15 de marzo de 2011

Señora de Feroz




De todas las versiones posibles del cuento de Caperucita roja, yo me quedo con aquélla en el que la dulce protagonista pierde su virginal candor y deja de ser lolita en ciernes para convertirse en una loba de tres pares de narices. En Señora de Feroz. Y puestos a identificarme con  alguno de los personajes de la conocida fábula, lo hago, sin lugar a dudas, con el antihéroe y el canalla, el que sigue al pie de la letra sus institutos primitivos, es decir, con el lobo de hocico sanguinario y  fauces largas, peludo y vividor; con el carnívoro, más por placer que por genética, que sirve para asustar a las niñas, pero que no se las come salvo en las historias convencionales, porque lo que a él le gusta de verdad es meterse entre pecho y espalda  a una mujer hecha y curvilínea, a una loba con experiencia y de cuidado… Pechuga y zanco de primera… ¡Nada de carne tierna que se deshace entre los dientes  como gelatina, por favor!...

Al lobo feroz de mi cuento le alabo yo todo, porque es el malo de la película por el simple hecho de ser él mismo, salvaje y carnívoro, no domesticado por la moral de salón, por la patética comedia de los hombres. E incluso le perdono el mal gusto de zamparse a la abuela _que ya es tener hambre ciega, joder…_, porque es un mal trago necesario _para ella un sublime y morboso placer_ con tal de meterse en la cama de la casita del bosque y esperar a Caperucita Roja para pedirle que se desnude mientras le da vidilla al rabo, morderle ambos cuellos y meterla después,  en pelotas y sin disfraz infantil, que es lo suyo, en la cama del animal placer.

A quien no puedo ver ni en pintura, mucho menos identificarme en modo alguno con él, es al cazador de los cojones, ese hombre que para sentirse macho se compra una gran  polla de metal y se corre de gusto disparando su mal semen de perdigón a todo lo que se mueve, así sean niñas en edad de temer a los lobos, así sean abuelas que ya han visto a los suficientes cazadores como para no chuparse el dedo y saber que lo único que merece la pena de ellos es la bestia maldita, su indecorosa e incivilizada parte animal, el lobo feroz que han dejado muerto por el camino.

Al cazador de la historia de los hombres es un falso depredador al que  le gusta joder por joder.  Mata por gusto. Folla por poder. El lobo de mi cuento, no. El lobo feroz come por necesidad, aunque le plazca, mata a su pesar y folla sólo por placer. A mi  lobo no le gustan las niñas ni leerá jamás a Nabokov. Mi lobo es kafkiano y ama la metamorfosis que convierte a Caperucita en su Señora de Feroz. La loba que vive en las mujeres de los cazadores, las que nunca aparecen en la fábula, porque las dejan bien guardadas bajo llave en el armario del decoro mientras ellos se van a hacerse los machos y a pegar tiros por ahí. Es la loba que han dejado muerta, gracias a su castrante educación, en alguna parte de su niñez

Me refiero a la loba socialmente mal vista, a la que, cuando alguien se confunde y la llama Caperucita, contesta orgullosa,  que Señora de Feroz.

En su honor es este merecido  post.

Ella no necesita que nadie se las dé de hombre, ni que nadie se disfrace de su abuela, para llevársela a la cama fingiendo lo contrario y diciendo  gilipolleces. La Señora de Feroz no necesita un lobo metrosexual, lampiño y con escopeta, para enseñarle que todos los caminos del lobo conducen a Cuenca.

Ni le gusta que le cuenten cuentos de hombres para follarla mejor.

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domingo, 13 de marzo de 2011

Las de Caín




Nuestro apartamento es el reino del silencio, un lugar en el fin del mundo y apartado de todo, que invita al recogimiento y a pensar en las musarañas, especie en la que el amo debe ser todo un  experto, no por tener especiales aptitudes para ello, ni de lejos, sino por tenaz constancia, pues consume buena parte de su tiempo en el estudio de las susodichas. Puede que sea un naturalista frustrado que acabó en el mundo de las letras por pura casualidad, y yo no me haya enterado.

        Sea como fuere, en nuestra chabola impera la paz y, como casi nunca viene nadie a vernos, la vida nuestra se pone por momentos en plan monasterio que queda a tomar por saco y que, por no tener mejor cosa que hacer, acabas poniéndote cachas el alma a golpe de ejercicio espiritual. Yo le he cogido apego a este lugar donde el ruido no nos alcanza, esta burbuja de esperanza en la que el amo y yo alimentamos los sueños con manjares del corazón, quizás para compensar que al cuerpo lo tenemos castigado a dieta severa, obligado, a pesar de su numantina y obstinada  oposición, a comer al estilo ruleta rusa, sólo cuando toca y cuando no toca, no. Pero el ayuno forzoso no nos vuelve más lúcidos, debo admitirlo. Será que no tenemos suficiente fe ni somos lo bastante fuertes para evitar que el hambre nos nuble el cielo de la razón. Y si a eso le añadimos la abstinencia, que en el caso del amo es ya enfermedad crónica de las de nunca curar,  más que experiencia monacal, la nuestra deriva hacia el destino del ermitaño, que se las ingenia para vivir del aire y darle, por encima, las gracias a Dios.

        Yo no sé el amo, pero como que este menda no está muy hecho para este desapego de lo terrenal, porque lo único que consigo despegar es la piel, que ya me cuelga como si usara ropa holgada, y me deja tiritando y merced del viento las descarnadas costillas. Ahora bien, el alma la tengo yo como un roble, no se lo voy a negar, que ya no hay vendaval de desgracias que me rompa, ni tornado de necesidades capaz de arrancármela de raíz. En eso he ganado mucho, lo admito sin disimulo, que el amo y yo, si algún día nos vamos al cielo de verdad, nos fichan seguro para el equipo de ángeles gimnastas, de los de ganar competiciones espirituales en todo el espacio sideral. Lo malo es que de tanto demostrar fondo anímico, resistencia frente a la adversidad, nos mandarán seguramente a misiones a plantar una pica de Dios en el Flandes de algún planeta, eterno retorno de lo mismo, en el que seguramente habrá hombres o seres similares, vayan ustedes a saber, y nos estoy viendo de nuevo metidos en algún apartamento tirando a cochambroso y pasando las de Caín, pero dignos y muy en lo de arriba, sí señor, que los mensajeros del buen Dios somos así, estoicos a más no poder y aguantamos lo que nos echen si tal es su voluntad. Faltaría más. 

        Si tal cosa sucediera, el amo se lo tomaría como un premio, qué raro que me es, pues no hay nada que le excite más el alma que tener una misión, por pequeña e insignificante que sea, en la que pueda llevar siquiera un pequeño haz de luz a los rincones más apartados y oscuros de la creación. Soy perfectamente consciente que este amo mío es Quijote de causas perdidas, esquizofrénico para las cosas mundanas y sólo lúcido investigando musarañas. Pues, que lo manden a él a librar batallas contra los molinos de la ignorancia humana, a entablar singular combate por alguna dama de labios imposibles,  atrapada en el castillo de su imaginación. Y que me dejen a mí en paz, royendo huesos de santo si es menester, pero lejos de la locura contagiosa de este amo, enjuto y algo estropeado por la necesidad, que pretende ganar él solito todas las batallas de Dios. No quiero yo ser su Sancho, que si consiento en acompañarle un ratito, acabo padeciendo toda la aventura a su lado, que me conozco y, en el fondo, tampoco yo sé negarme a llevar por esos mundos, hostiles a la luz y llenos de peligros,  la bandera, por escuchimizada que sea, de mi muy amado  “mejor’’.

        Ay, mis queridos lectores, no se me tomen a pitorreo lo que les digo, porque cuanto más lo pienso, más nos contemplo a ambos en otras vidas, imágenes proyectadas de la única vida del corazón, galopando por los páramos de las soledades ajenas para tratar de llevar algún consuelo divino, la buena nueva de nuestra soledad acompañada en Dios, a las almas enfermas de tristeza, esa  dolencia interior que no mata, pero que tampoco te deja vivir. Y nos imagino, al amo cabalgando delante para estrellarse el primero contra la dura realidad, y yo, detrás, cerrando filas, trotando famélico sobre la estela de su triste y desangelada figura, tratando por todos los medios de que no se meta en demasiados líos e intentando, imagino que inútilmente, de convencer a propios y extraños de  que no me lo encierren, a cal y canto, por chiflado de los de atar. No en vano, ya en esta existencia, y a las pruebas me remito, soy lo poco y lo único que le queda de sentido común, su último punto de contacto con la cordura.

      Yo creo que, en contra de lo que pudiera parecer a simple vista, debajo de este armazón de ladridos soy un perro del cielo sin saberlo, un ángel de cuatro patas y rabo, que la infinita sabiduría de Dios ha enviado a este planeta de hombres para cuidar del amo lo mejor que sé, que sin mí a su lado, me duraría menos que un caramelo en la puerta de un colegio. Un ser de luz algo perruno, digo, que le hace el favor de escribir diarios en plan negro, para que él pase ante ustedes por medianamente normal y no se lleve la rebanada de tortas que le darían si él mismo, con Rocinante o sin él, se pusiera a gritarle a los cuatro vientos  lo que cree. 

       Debe de ser así. Para mí, que soy la tapadera perfecta del amo, la excusa que él utiliza para hacer más digerible a Dios y más del gusto y apto al paladar de los que buscan sin saber qué.  Yo soy la buena imagen del amo en los ojos de ustedes, la  forma poco común que él ha encontrado de dirigirse a sus corazones en el tiempo de los duros de oído, en estos tiempos del fin, en los que las parábolas han dejado su puesto a la revelación. Yo soy su ángel custodio, su escudo contra la tiranía de los necios y la mejor garantía de que si nadie quiere escucharle, tampoco le van echar los perros. Si no estuviera yo a su lado, la bandera que tanto ama se le habría marchitado ya y él, pobrecito mío, se me habría muerto seguramente de pena al pie de los gigantes de este mundo, asesinado por la incomprensión.


Extracto de La vida según Lucas (II). Diario ampliado. 2006.
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martes, 8 de marzo de 2011

Fiebre del sábado noche


Se acuerdan de vosotras una vez al año, en el día internacional de las estupideces, para batir palmas con las aletas de la almeja, con el forro de los timbales,  por haber sobrevivido a las muchas putadas de milenios de historia machista, por lo mucho que habéis sufrido hasta llegar a pareceros a los hombres...

¿Pues qué queréis que os diga?... Que me parece una pobre y lastimosa victoria el haber logrado lo que los machitos llevan haciendo desde que les sale de la punta del nabo: ir de caza _ayer a la sabana; hoy, al andamio o a la oficina_ para dársela después de gallitos, llevarse unas palmaditas de reconocimiento social en la espalda  y aspirar, como justo premio a la hazaña de la supervivencia, a la castración programada:  a un triste polvo de sábado noche. Siempre que la fiebre del agotamiento y  el dolor de cabeza no lo impida, por supuesto.

Se ríen de vosotras si os felicitan por haber sacado a pasear al hombre que lleváis dentro. Vosotras valéis más que todo eso. No puedo felicitaros por haber conseguido un master en testosterona y ser tan competitivas o más que ellos, por haber llegado a puestos de responsabilidad y mando como ellos, por tenerlos tan gordos o más, llegado el caso, que los señores de corbata y traje, sobre los hombros de cuyas carteras se sujeta el mundo. Eso no es liberación de la mujer, sino su triste masculinización, que no es lo mismo, otra forma de castración mental y vaginal, porque después de la mujer guerrera sólo queda un paisaje de sábanas muertas o un espejismo de sábado noche. No queda nada.

Reproducir el modelo y las presuntas conquistas del hombre es el mismo camino  cojonudo de siempre, regido por el hemisferio izquierdo del cerebro, que valora las aptitudes pero no la actitud, eficiente en lo numérico (sobre todo a la hora de que la mayor parte del pastel se quede siempre en manos de los mismos...), pero un desastre en lo emocional.

Un modelo masculino, incapaz de ver más allá de la parte y de comprender que los problemas que afectan al mundo exigen, no el bienestar de unos poco  frente a la miseria de la mayoría,  sino una solución solidaria y de conjunto.  Femenina, al fin.

Insisto. Vosotras valéis más. Pero vuestro valor no pasa por igualar al hombre, sino en sacar a la mujer que lleváis dentro. No la social, hecha a imagen y semejanza del hombre, el timo de la estampita, sino la auténtica.

No la mujer que caza y de pelo en pecho, sino la sabia que da y reparte vida.

El día en que lo logréis, sí... Ese día os felicitaré como mujer.

Y os envidiaré como hombre.

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