viernes, 31 de diciembre de 2010

Piel de nube



Día el que Dios quiera.

Hoy hemos recibido un email de Ana _muy emocionalmente impactada tras ver su corazón reflejado en el espejo de la primera parte de mi diario, que ya ha tenido oportunidad de leer_, gracias al cual ha comprendido todo el sufrimiento en que ha vivido el amo esta existencia. Y no por falta de dinero, precisamente. Su miseria es de otra naturaleza, pues este amo arisco que Dios me ha dado se me ha quedado sin piel, que se la han arrancado a mordiscos milenios de soledades y fracasos. Y yo, consecuente, he renunciado, qué remedio, a encontrarle otra piel, pues no hay ninguna compatible con la corona de espinas con la que adorna ese cuerpo dormido, el suyo, con tan poca vida. 

El amo se me ha casado con la ausencia, con las caricias vacías del aire enrarecido con el que marca las distancias y se oculta, para no morirse de frío, en el centro invisible de sí mismo. Y ya no busca consolar su silencio con voces de este mundo, ruido donde el quiso escuchar música, reanimar su piel marchita con la mano, previsible y suicida, de la rutina. Etéreo como es, ha preferido el tacto de los sueños rotos, donde su imaginación inventa roces imposibles, caricias de otro lugar y de otro tiempo, escarceos transparentes donde él es capaz de abandonarse, al fin, al beso incorpóreo de su vida. Mi amo ha desertado de sí mismo, ha levado anclas hacia el entierro de todo lo que quiso ser siempre y, por miedo a escuchar la voz de su propia piel, no supo, o simplemente no quiso, perderse en la entrega incondicional, rendirse al escalofrío que vive en los dedos de la alegría. 

Y por eso su piel se ha mudado al desván donde duermen los placeres que nunca tuvo, las  pasiones prohibidas de este amo en retirada, junto a los trastos inútiles e inservibles de sus existencias pasadas.  El amo se me ha hecho cangrejo, piel acristalada de sí mismo, y camina hacia atrás y no hacia el frente, en busca de su origen perdido, cuando él no conocía otra piel que la de Dios ni otros labios que los de su boca femenina. Y no parece que nadie de este mundo pueda estar en condiciones ventajosas, ni tan siquiera una princesa utópica huida de algún cuento, de cambiar el rumbo encogido de sus pasos hacia la nada carnal en la que pretende diluirse.

Nadie puede seguirle los pasos esqueléticos a este amo en fuga, pues se me ha retirado a descansar de sus fobias consumadas, de sus filias no nacidas, a la habitación de las soledades compartidas, en las que Dios y él, para matar el tiempo y recuperar la memoria de lo eterno, juegan a las cartas de los recuerdos de aquellos días que no eran días, antesala de todas las caricias, donde ambos soñaron con ser piel por sana curiosidad innata y para, además de estarlo, sentirse vivos.

El amo, como les digo, tiene amnesia de su piel, los abrazos que su necedad le niega, colgados del perchero del olvido. Y es en ese estado de desmemoriado, mausoleo de lo intacto,  en que va penando por la Tierra, arrastrando como un fardo penitente la sombra de sí mismo.  Por fortuna me tiene a mí y a sus hijos, su segunda piel que oculta sin demasiado éxito el vacío que le ha dejado la primera, a la que envuelve con el abrigo de los besos que nunca dio, con las caricias de las hojas tardías que, ahora que es árbol viejo y abatido, le han brotado a deshora y sin querer en las ramas de sus manos carcomidas. Y Dios, que es tan bueno, viéndole tan despellejadito y mustio, le ha regalado para ir tirando unos guantes de terciopelo, unos labios de gelatina para que, ya que él se ha resignado a ser sólo de aire, al menos los peques y yo disfrutemos de esa sensación para el mundo esquiva con la que él, en ocasiones regaladas, regresa desde su desván perdido para recordarnos que un día también tuvo una piel de fuego, donde hoy ya solamente queda humo. 

Y aunque ustedes, sufridos lectores míos, puedan creer que el de hoy es en mí un ejercicio frívolo de desvarío, palabras encadenadas y sin sentido, no se dejen engañar  por la piel de mis torpes letras cabalgando a los lomos del desatino, y concédanme la merced de este desahogo, en el que yo, por si sirve de algo, me he puesto en la no piel del amo y he bajado al limbo de sus peores infiernos en un intento, noble aunque puede que vano, de exorcizar los demonios que cruelmente se la han arrancado a tiras para dejármelo encadenado a una correa, soldado a las manos diminutas de sus hijos, los únicos y últimos tactos que le anclan a la vida. 

A mí me gustaría que el amo, ahora que toma café con Dios todos los días, aproveche sus relaciones restauradas, ya puestos, para pedirle la gracia de recuperar, para lo poco que le resta de camino, la memoria de su piel extraviada y que no vuelva a pasar lo que ha ocurrido hoy, en que Ana, ése ser bello que nos quiere editorializar los sueños, le ha enviado una carta apenada de haberlo encontrado tan desnudo. En ella, sabiamente, resumió con unas pocas palabras la verdadera pobreza de mi amo, ésa que no se desvanece con dinero y la que yo mismo, hasta hoy y por vergüenza ajena, les había ocultado:

     “Es una pena que los abrazos no puedan todavía enviarse por estos canales convencionales _le escribió entristecida_ y que haga falta el pecho contra pecho para hacer puente entre un corazón y otro. El hambre del estómago es insoportable pero el de piel es como para morirse y, aunque tú digas entregarte muy poco, creo que una sobredosis de abrazos te vendría de perlas’’.  

      El amo, al que le pone hacerse el duro, puso cara acartonada y sonrío al leerlo como sonríen los cínicos, riéndose de todos para no llorar por ellos mismos. Pero ahora que yo, aplastado por el secreto de su no presencia, he puesto, por amor a él, patas arriba el cajón donde guarda sus íntimos fantasmas, todos sabemos, gracias a Ana, que sus sonrisas son de gelatina, de terciopelo divino sus tactos, y ya no puede engañarnos más, ni engañarse tampoco a sí mismo, pues le hemos decodificado la fingida desnudez y nos hemos dado perfecta cuenta de que el amo ha muerto en la carne no tanto por devoción a Dios, que a nadie pide tan inhumano sacrificio, al contrario, sino por odio enconado y atávico de sí mismo. 

Al amo mío, tan pasional y extremo debajo de su atuendo de robot,  se la ha ido de las manos su vocación sincera de ser el último y, creador lúcido de su propia oscuridad, ha decidido rodearse de una corona de espinas y cargar con la cruz de no ser siquiera persona, pues sus labios de nube no conocen más lluvia que la que nunca resbala, esa caricia eternamente ausente, por la piel inexistente de sus sentidos. 

Fragmento de "La vida según Lucas (II)". 
                 Agosto de 2005.
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lunes, 27 de diciembre de 2010

La secta del perro verde y el Bosón de Higghs



Si tú, que estás al otro lado de este blog, caes en la tentación de hacer tuyas, porque ya lo eran antes de leerlas aquí, algunas de las ideas que pongo ante los ojos de tu alma, ten en cuenta que, si las haces públicas, la primera acusación que recibirás del mundo será la que encierra la palabra "secta". 

A mí y a Ana, mi mujer, nos acaba de suceder en el marco de las tradicionales reuniones navideñas, un ámbito aparentemente inócuo, el teóricamente adecuado para mostrarte tal cual, libre de polvo y paja, sin temor a que nadie te apedree por lo que crees o pienses. Pero nada más lejos de la realidad. En el transcurso de una cena navideña con gente joven _de hermanos de sangre, que no de ideas_, cometimos la imprudencia de aventurar, al hilo del típico comentario indignado y sediento de justicia por el caso reciente de una menor violada y prostituida a la fuerza, que la venganza disfrazada de ley era una reacción  humanamente entendible, pero, a nuestros ojos, el castigo no es la solución al problema de la violencia, sino que pasa por ir a la raíz de la cuestión : a la educación desde la más tierna infancia, el primer lugar donde se siembran las ideas. Eso por no decirles directamente que cualquier conflicto es, en su origen, espiritual y que es en ése ámbito, el espiritual _y no el legal y punitivo_ donde debe resolverse...

No veáis la que se montó. Sobre todo cuando Ana empezó a hablar cuánticamente de que Todo es energía y se sacó de la manga, sin previo aviso, la presumible existencia de una partícula subatómica que los propios científicos denominan la "partícula de Dios", también conocida como el Bosón de Higghs, y que suponen debe de existir, aunque aún no la  haya todavía encontrado ni Dios, como la causante primera de la materia, es decir, como la Creadora de todo lo que vemos. Ana trataba de explicar, en vano,  que, incluso desde una perspectiva meramente cientifista,  no somos islas y que la distancia es ilusoria, pues todos somos y formamos parte de la misma energía consciente y creadora. Obviamente, la miraron como si fuese una extraterrestre  y su querido Bosón no hizo más que avivar el fuego de la incredulidad y la indignación ajena...

Máxime cuando, lejos de callarnos prudentemente al ver que  estábamos a punto de darles la cena aquella pobre gente, seguimos argumentando que lo que había que hacer, de una vez por todas, es cambiar el mundo de arriba abajo y que los casos como el descrito de la terrible violación de una menor no es más que la punta del iceberg de un mundo que está todo él enfermo, enfermo en cuanto a su forma de pensar. La cosa se puso al rojo vivo, con ganas de resucitar a Torquemada y de encender allí mismo una hoguera para quemarnos sin juicio previo a los dos, cuando apuntamos que dicho cambio era individual y está en mano de cada uno, dentro de su cabeza, en su forma de pensar. Esa revolución de conciencia _ESPIRITUAL, al fin_ les pareció a nuestra encendida audiencia poca cosa, utopía barata y caca de la  vaca, una prueba de inmadurez total y pensamiento pueril, indigno de mentes en teoría racionales  e ilustradas como las nuestras. 

Presa de la mayor indignación, con la comida atragantándosele en el duodeno, a punto de estallar de ira y mandarnos directamente al infierno, una de las presentes me miró furiosa y me dijo que aquella ideas descabelladas, las nuestras, no las había oído ella jamás de los jamases (debo señalar aquí que yo no me corté en decirle que ella estaba en este mundo no por azar o por un polvo mágico de sus padres, sino porque su alma así lo habia elegido..., que ya son ganas, las mías, de meterme en la  boca del lobo...) y, lejos de aplacarse, empezó a temblar sobre su silla como si estuviese siendo víctima de un exorcismo, cuando le repliqué, tranquilamente y con una sonrisa, que debería sentirse contenta de estar oyendo algo por fin nuevo y no ninguna idea de las que habitualmente reproducen los modelos de mundos maniqueos, de esos de buenos y malos, de santos y pecadores, que han  demostrado hasta la saciedad que no funcionan.

Para nuestra audiencia la revolución es cuestión de barricada o de coger la recortada y liarse a tiros, por lo que nuestra revolucioncita mental, en el pensamiento de cada uno, le sonó a coña marinera y a palabras propias de mentes abducidas, a lavado de cerebro de las sectas.  Y acusados y condenados por ser miembros de una nueva secta, que podríamos llamar del perro verde, porque Ana y yo lo somos un rato largo, salimos ambos crucificados de aquella cena, en la que nuestros acompañantes querían hablar de cosas divertidas e interesantes, pero se encontraron con el inesperado y detestable discurso acerca de un nuevo mundo que nace, crece y se reproduce en las ideas de cada uno de nosotros. 

La paradoja es que los dos, que tratamos de ser modelo de tolerancia y comulgamos con la idea de un mundo multicolor, sin buenos ni malos, todos unidos en Amor, fuimos acusados de sectarios, y de abductores en potencia, lo que nos da idea de la distancia que nuestra afín rareza va cobrando respecto a la normalidad.

Ana y yo estamos cada vez más lejos de la común cordura y nuestro mensaje de reconciliación  saca a los demás de sus casillas.  Y, por supuesto, en la cena en las nos pusieron verdes, fuimos ejemplo de que nadie es profeta en su tierra.

Salvo en la que ya existe en nuestra cabeza.

El nuevo Big-Bang o el Bosón de Higghs.

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jueves, 23 de diciembre de 2010

Para re-nacer he nacido



Mañana cumplo 44.

Casi medio siglo desempolvando recuerdos de mi esencia luminosa. 
Más de cuatro décadas acercándome a El Que Soy. 

No es gran cosa, pero, al menos, he logrado situarme sobre mi pista,
seguirme los pasos a una distancia cada vez más corta, a una Luz mayor.


Mañana cumplo 44 años con voluntad de renacer. De iniciar y experimentar 
el mejor ciclo de mi vida.

De no ser árbol y echar raíces. De ser viento.

De alcanzar la maestría dando siempre la respuesta más alta, la del Amor.

De cambiar el mundo con mi ejemplo. De alentaros a cambiar vuestra
conciencia, recordándoos, aunque os suene a chino, 
que Sois Luz.

De escandalizaros con mi forma de ver a Dios, tan alto y tan bajo, 
tan divino y tan pagano al mismo tiempo. Tan sin juicios y tan libre.

En teoría, las circunctancias que he creado no son la mejores... 

No obstante, no me dejo autoengañar. 

Son las que yo elijo que sean. Las únicas que tengo.

Estoy a un día de la Alegría.

A una eternidad del miedo y el dolor.

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miércoles, 22 de diciembre de 2010

Ícaro



Fragmento de "La vida según Lucas (3).
Diario póstumo".

Q
ue el amo es un pajarraco de mucho cuidado, ya se sabía. Que ama la libertad como a sí mismo, también.  Por eso a ninguno de ustedes le sorprenderá si les cuento que está ornitológicamente comprobado que tiene la cabeza a pájaros. La cosa le viene de antiguo, no se crean, que ya de muy chiquitín le decían los mayores que andaba mayormente en la luna, con la mente y el alma, a tomar por saco de donde se encontraba su cuerpo. De adolescente, la cosa no mejoró que de la luna bajó un poco nada más para situarse en las nubes. Siempre en plan aéreo, ya ven. Ni tampoco cambió el asunto cuando entró en la juventud, pues la universidad no le sirvió a él para sentar la cabeza en ningún lado, no señor, sino que lejos de hacerse un hombre, se metió a hacer el ganso, revoloteando en un cielo de ideas que debería, a su criterio (?), cambiar el mundo de todos ustedes para mejor. Y la cosa ya se puso imposible cuando le dio por leer a Richard Bach, momento en que, de la noche a la mañana, se nos convirtió en gavioto, mucho pelo y ninguna pluma, eso sí, pero todo él hecho de libertad.
        
Su historial avícola no tiene desperdicio, ya que también ha sido búho desde siempre, pues las noches no le gustan nada negras y las suele pasar mayormente en blanco,   dedicado a cualquier cosa improductiva: leer cosas “elevadas” _eso cuando leía…_, escribir o algo parecido, masturbarse, tomar café por litros, drogarse con nicotina… a veces incluso amar. Y de día, tuvo incluso su época de grajo, todo oscurito él, como un ave de mal agüero, córvido total, pues durante años, y sin previo aviso, se vistió de luto riguroso desde el pico hasta las mismísimas patas. Nadie, ni él mismo, ha sabido nunca encontrarle un porqué medianamente inteligible a semejante oscuridad.

Para completar la pajarera, un día se le ocurrió incluso disfrazarse de pingüino para hacerle el juego al mundo y pasar por un altar de hombres, esa pantomima, donde juró en falso cosas que, si estuviese en sus cabales y no en la estratosfera como suele, no habría perjurado, porque amén de hacer daño a otros estaba hipotecando su santa libertad. Tuvo que cargar con el mochuelo de aquella pajarada suya, vaya que sí, y de poco le sirvió creerse el gallo de aquel corral matrimonial, porque en el fondo él siempre ha sido ave de paso, cabeza de chorlito y alma migratoria que hablaba como un loro, hasta que se topó de bruces con la paloma de Dios, yo mismo mismamente, y que iba sembrado el caos y el desconcierto allí por donde revoloteaba.

Y es que el amo, aún en este tiempo del Espíritu, se pone a menudo flamenco y monta pollos a la mínima, desesperado por saberse pájaro encerrado en cuerpo de hombre, harto de ver que la pluma de su mano no le lleva al vuelo. Y da zarpazos y picotea, y hiere a quienes ama, y se hiere a sí mismo a la postre, porque no acaba de hallar su nido y descansar los huevos, un lugar en el mundo desde donde ser pájaro cantor con voz de perro y recordarles a todos que también son pájaros. Y todo porque el amo mío no sabe cómo conciliar su puzzle: su alma de cielo, su mente de tierra, su corazón de fuego. Anda partido, el pobre, dando tumbos por el mundo, incapaz de centrarse de una vez por todas y de comprender que  cada pensamiento, palabra y obra deben ser reflejo armónico de lo que  siente. Cualquier fisura o cualquier desajuste _lo que ustedes llaman miedo_ conduce irremediablemente al naufragio.

Hasta la fecha, ha vivido cada una de sus partes, disociadas del conjunto, como algo aparte. Ha sido padre, ha sido hijo y, ahora, en el momento de ser espíritu, de ser lo que Yo Soy, va y le tiemblan las alas. Y todo porque a veces dice cosas que no siente, piensa cosas que no debe y hace muchas tonterías.

¿Les suena de algo?

Al amo, como a tantos otros, le falta sentirse  UNO dentro de él. Le falta aplicarse el cuento que tan bien conoce, en la más pura teoría, en el más bello de sus recuerdos, nuestros comunes recuerdos, de que todos los pájaros que hay en él son Él. 

Lo suyo habría sido que con semejante trayectoria vital, acabase siendo paracaidista o piloto de aviación, de boeing o de avioneta, qué sé yo,  rol aéreo que le venía como anillo al ala, pero eso, sin duda alguna, es mucho pedirle al amo mío, que, además de tenerle pánico a las alturas _otra de sus paradojas…_, no ha nacido para nada que tenga que ver con esforzarse o sacrificarse por obtener algo… Aparten, please, de él ese cáliz… Y mucho me temo que el carné de piloto, como todas las cosas efímeras de este mundo suyo,  no lo regalan precisamente en la tienda de la esquina, sino que te lo cambian por media alma y tres cuartos de pellejo, si lo sabré yo.

Así que después de más de una década de hacer el indio, que también tiene plumas pero no vuela, y de tener incluso polluelos, esa bendición que le descongeló el corazón, el amo renegó de ser buitre carroñero, comiendo siempre los despojos que a cambio de ser simple mamífero le concedía el mundo, y se atrevió, por fin, al vuelo más hermoso de su vida, en realidad su primer vuelo.

Fue, como muchos de ustedes ya saben, hace ahora seis años, un poco antes de llegar yo, un poco más antes de venir Ana, cuando de la noche a la mañana se arrancó las plumas de hacer el ganso y se puso las de halcón peregrino, el más veloz de todos los pájaros. Se lanzó entonces, a trescientos kilómetros por hora o más, en picado y a tumba abierta, la que dejaba atrás, en manos del buen Dios que aún no sabía que era.   

Y fue desde ese momento todo él, cielo. Y se olvidó del mundo. Y el mundo se olvidó de él…

Quiso volar para siempre, dejar atrás todas las cadenas, todas las dependencias que le mantenían atado a la tierra y fracasó _eso cree él_ en su intento puro de ser libre. Porque aún hoy, el halcón se siente sin alas, apenas cigüeño, por lo fiel, del mirlo blanco de Ana; cotorro de sus hijos, a quienes da la paliza a todas horas con aquello de que vuelen, y palomo cojo de sí mismo, gorrioncillo común que quiso volar tan lejos que se quedó en un lugar de nadie, dándole al pico y poco más, a medio camino entre el cielo y la tierra, a medio camino a ninguna parte.

El amo mío tuvo un día alas de Ícaro, fundidas en los altos hornos de la economía mundana, a golpe de pensiones alimenticias, de deudas viejas, de recibos de ahora mismo, de alquileres imposibles, de pañales que parecen de oro, de tabacos que le matan.  El amo ha estrellado su vuelo contra su propia incompetencia a la hora de procurarse el sustento. No ha tenido fe en su condición de pájaro, no ha sabido comprender que el alimento está ahí, en todas partes, y que no hay que ir a buscarlo a no se sabe dónde, siempre más lejos, nunca al alcance. Tiene la cabeza a pájaros, insisto, y no acaba de asimilar que la riqueza que ha ido a buscar al quinto infierno está en realidad dentro de él, dentro de cada uno de ustedes.

Su riqueza soy yo, Lucas, su perro-luz. Él solamente tiene que creer antes de ver, tener fe no en que mi voz llegará algún día a ustedes, sino comprender, desde lo más recóndito de su alma, que ha llegado ya.  Pero mientras siga temiendo que cualquier contacto con el mundo puede contaminarle de nuevo la ceguera para siempre, mientras siga preso en la jaula de sus miedos, este perro que les habla será nada más que una quimera, una extraña fantasía, una invención, una pájara que le dio al amo, su forma de irse por las ramas, de salir volando por la ventana cuando se ha dado cuenta que tiene las alas rotas, la menta patas arriba, el corazón en desbandada, el cuerpo y la cartera desplumados,  sus hijos en fuga, Ana en retirada, su alma atormentada.

Mientras siga creyendo que no es libre al mil por cien y que, con las mismas, puede crear ahora mismo la realidad que le plazca, la vida que le da la santísima gana, se comportará como la mayoría de ustedes, lamentándose de las circunstancias, sin ver que las han convocado, conscientemente o no,  inventando excusas para no Ser, fingiendo ser lo que otros les han dicho que deben. Harán entonces muchas cosas, pero no conseguirán nada que les llene de gozo, porque no hay nada _se lo digo en serio_ que conseguir. Nada por lo que luchar. Nada por lo que sufrir.

No hay ninguna situación en la que ustedes no sean plena y totalmente libres. Da igual lo que puedan imaginar. Siempre podrán elegir. Incluso, pongo por caso, cuando alguien les esté apuntando con una pistola en la sien. Aún entonces podrán decidir cómo morir o como vivir, según se mire, con una sonrisa en los labios sabiendo que la vida sigue, que la muerte es sólo tránsito, su gran metamorfosis de oruga en mariposa, o con la tristeza anegando su ojos, sufriendo por lo que dejan atrás. Les digo, queridos lectores, y tengan en cuenta que yo no gano nada con decirles burradas, que el sufrimiento no es una consecuencia natural de vivir, sino una elección más. Si descubren que son almas en un viaje libre y eterno, comprenderán que, en verdad,  no hay nada por lo que sufrir. 

Al contrario, hay todo por lo que vivir, pero eso no lo experimentarán  con plenitud, con total conciencia, hasta romper la ilusión de esa carrera loca por la supervivencia en la que andan todos metidos. En ese momento mágico, divino, entenderán de golpe que todo es un sueño, que han ido a buscar fuera lo que estaba realmente dentro, que la vida es, simplemente, expresar la alegría y el amor que les crece en el alma desde antes del tiempo. Ésa es la verdad. Yo ya estoy muerto _es un decir…_. No tengo por qué mentirles.

Cuando eso les suceda, porque así lo habrán elegido, ya no sentirán obligaciones ni cadenas de ningún tipo ni se excusarán en aquello de que las circunstancias les llevan a hacer lo que no quieren, a ser lo que no son, a negarse a sí mismos, el único pecado _aunque en realidad el pecado es una de sus muchas invenciones…_ que puede cometer, ya no sobre otros, que cada ser es absolutamente libre de hacer lo que le plazca, sino sobre su alma blanca.  Ya no dirán aquello, tan socorrido, tan falso, de “¿qué puede hacer uno solo?”, ya que la respuesta es Todo, pues Todo es cada uno de ustedes y cada uno de ustedes es Todo.

En ese momento glorioso de sus vidas, se sentirán leves. Se sentirán pájaros. Pero ya no cuervos, palomos cojos, papagayos o golondrinas, como el amo mío, el pajarraco _o, precisamente, todos ellos al mismo tiempo_, sino lo que son más allá de las cegadoras apariencias que ustedes mismos han creado: aves del paraíso, la de las plumas más bellas, pájaros que deciden olvidarse de quienes son y fingen morir para después resucitar como el Fénix y experimentar, VIVIR, el éxtasis de saberse el ave más hermosa que, a su imagen y semejanza, ha creado Dios.

Permítanme, en este punto, que sea su memoria viva y les recuerde algo esencial:

Cambien la forma de mirar.

No hay patitos feos. Todos son cisnes.

         Por eso mi tercer deseo, para el amo y para todos ustedes, solamente  puede ser éste:
 

               Vuela.
                    Eres libre…
                          de Ser
                              lo que te plazca.


martes, 21 de diciembre de 2010

La atracción de los afines



Este post que hoy lanzo al mundo, camino del recuerdo o del olvido, hunde sus raíces en un 17 de agosto de 2005, al amparo de un charla que mantuve en aquel entonces  en la cafetería del viejo Casino de Santiago de Compostela, uno de esos momentos cuánticos que cambian y definen una vida, y en la que, entre otras lindezas y sin cortarme un pelo, dejé colgada en el aire la siguiente afirmación:

"En contra de la común creencia, en el Universo
no se atraen los contrarios, sino los afines".

Y me quedé tan ancho tras soltar la herejía. 

A este tipo de conclusiones tan poco ortodoxas uno no llega _al menos en mi caso_ como la resultante de ninguna sesuda investigación o tras hacerse adepto de la teoría de algún científico de moda, como Hawking, al que no le tiembla el pulso  en sacarse  el Universo de la chistera de chiripa del azar, que ya es tener fe..., sino por pura y simple experiencia personal tras cobrar conciencia, esa magia que a veces sucede, de que todos los acontecimientos de mi vida son, por obra u omisión, una creación derivada de mis elecciones y, lo que es más inquietante, absoluta y totalmente responsabilidad mía.

Yo soy de ésos que no tienen nunca a quien echarle los perros y la culpa, porque sé que todo lo me sucede lo convoco, lo traigo a mi vida, en un intento, muchas veces inconsciente, de situarme frente a hechos cuyo único sentido es el que yo les doy al posicionarme frente a ellos como un ser reactivo, ejerciendo el papel de pobre víctima de circunstancias que creo azarosas, o como un ser creativo, con conciencia de estar siempre ante la extraordinaria oportunidad de ser no un personaje social, no una imagen autoproyectada de mí mismo, sino simplemente Yo Mismo.

Yo soy la causa, en todo o en parte, de todos mis efectos. Me gusten o no. Soy la cosecha, pero también la siembra. Hasta que no fui consciente de eso no empecé a ser dueño de mi vida y fui, como tantos, un juguete roto a merced de las circunstancias que, al no comprender que las estaba atrayendo hacia mí con mis pensamientos, atribuí al mismo dios que Hawking, o que el bueno de Florian Recio, el escritor maldito y sin dinero: el muy milagroso Azar ciego, también conocido como San Pobrecito Mío.

Aquel día, en el Casino de Santiago, solté las perlas de mis ideas recién adquiridas sobre mí mismo y el mundo, postulándome como único responsable de mis muchos errores en esta existencia, incluidos los palos, en manos de otros, que me llovían a mares y que yo ya sabía que procedían de quienes eran también yo haciendo el gilipollas... Y el Universo me devolvió exactamente aquello que con mis palabras estaba creando: una afín en ideas descabelladas sobre el paso nuestro por el mundo.

Ese día se demostró, una vez más, que no hay nada aleatorio en mi  vida, como en la de nadie. Sólo acontecimientos convocados por nuestros pensamientos en base al principio de afinidad. Atraemos seres y experiencias que son reflejo de lo que pensamos. Ni más ni menos. Si concebimos la vida como separación entre nosotros y como una  lucha de contrarios para llegar a ser los más aptos, los más ricos, los más guapos, los gallos más chulos del corral, obtendremos una vida y un mundo _este mismo que creamos entre todos, sin ir más lejos..._ de lucha y sufrimiento, de desigualdad justificada, de absurda competencia y de autoexterminio.

Yo, el 17 de agosto de 2005, puse el mundo del revés y, en lugar de lucha, hablé  de Amor y de la atracción de los afines, tal y como dictaba mi personal experiencia, confiando en que algún día vendría a mi vida alguien que viese las cosas esencialmente como yo. Y antes de que hubiese concluido aquel soliloquio mío, el Universo me puso delante a Ana, reflejo de mi momento evolutivo y espejo de mis pensamientos, la cual apenas podía dar crédito a lo que estaba oyendo.

Aquel día, sin saberlo todavía, perdí un amigo de años y gané un Amor para todas mis vidas. Entré solo y salí acompañado, haciendo buena la verdad que siempre estuvo ahí: Dime con quién andas y te diré quién eres...

Aquel día estuve en un tris de no acudir al Casino de Santiago de Compostela, porque no tenía gana alguna de ser parte de una charla convencionalmente humana....

Pero, al final fui, y Fui. No reaccioné con esperable cortesía. Creé la conversación de cabo a rabo. Fui, por primera vez, rey pescador. Pescador de almas.

Y apenas sembré un grano de afinidad, coseché la infinitud de Ana.

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lunes, 20 de diciembre de 2010

El rey pescador


Si hay unas palabras que han marcado mi vida hasta lo inexplicable, nueve palabras que han impactado  para siempre en lo más profundo de mi alma, están contenidas en una frase que escuché, por vez primera siendo niño, en  la desvencijada iglesia de una remotísima aldea, perdida bajo la falda de una montaña, allá en Galicia, y que aún hoy, muchos años después, no deja nunca, nunca, de conmoverme cada vez que llega,  cargada de compasión, de nuevo a mis oídos.

"Perdónales, Dios mío, porque no saben lo que hacen".

Mi mundo personal, el tesoro más preciado de mi alma escondida, está contenido en esas nueve palabras. Me estremecen eternamente hasta la médula. Me pone de vuelta y media decirlas u oírlas, tanto da, y hacen saltar por los aires cualquier cosa que acapare mi atención en ese momento, para dar paso a un silencio sepulcral, devastador, reverencial,  que me coloca a mi pesar  _a mí, que temo al dolor más que a la muerte..._, subido a la cruz de la infamia, partido el cuerpo y rota la mente, pero con el corazón lo suficientemente entero para ser quien de pronunciar el que es, para mí, el mensaje de Amor más grande jamás contado.

Yo soy incapaz de concebir, literalmente incapaz por mucho que me esfuerce, expresión más aterradoramente hermosa de misericordia, de Amor incondicional, de compasión dirigida a los que, desde la perspectiva mundana, menos merecedores serían de ella: los mismísimos verdugos que te atormentan y arrebatan la vida. Y me da lo que se dice igual que tales palabras hayan salido o no, alguna vez, de una boca humana o divina, que en mí son lo mismo... La cuestión es que esas palabras son por encima de quien pueda pronunciarlas, no tienen dueño ni están sujetas a nadie, existen por sí mismas en el mundo de las ideas más hermosas de Dios, esperando porder salir a la luz y ser pronunciadas en lo más recóndito de mí.  De mí como en cualquiera.  

Desde que las escuché ya nunca fui el mismo. Sonaban, en apariencia, fuera, pero yo supe, sin lugar a dudas,  que eran el eco de una Voz que estaba dentro, pugnando por salir.  Pese a ser niño, supe que algún día, en esta vida o en las otras, llegaría a ser digno de esas palabras, del sentimiento con mayúsculas que les da vida.

Perdonar y compadecerse en el momento en que la mente clama venganza, lo que eufemísticamente el mundo llama justicia, es mi tendencia natural y mi camino. Y puede dar fe de que no son, para variar, sólo palabras, pues tengo experiencias repetidas en esta vida de mi incapacidad para desear mal a  ése, que parece otro y soy yo disfrazado de enemigo. Yo confieso que no conozco en esta vida la sensación de odiar.

Yo estoy, a raíz de nueve palabras, en otro viaje. Puedo, como el que más, que mejor no soy en nada, montar el Cristo en un momento dado, pero eso es todo,  una simple tormenta de verano. Yo ya no concedo a nadie el poder de torturame con su desprecio, de hacerme sufrir con sus mentiras, de tentarme a devolver golpe por golpe. Esa oscura experiencia es un cáliz  demasiado amargo, que yo aparto de mí. Y sólo aspiro a atraer el alma de otros a esta experiencia fabulosa de ausencia de rencor, de exceso de misericordia y de perdón, de comprender que lo que se considera el mal no es sino la ignorancia de quien no sabe lo que hace, de quien  no recuerda que a sí mismo se lo hace.

Yo, que fui pez en el mar del olvido de que Soy Dios, ya sólo aspiro a ser rey pescador.

A ser mesías en la cruz del Amor absoluto y la misericordia.

A ser, como Máximo, en la película Gladiator, acostumbrado a matar, pero incapaz de ajusticiar al enemigo vencido, a sus pies, sobre la arena del circo mundano.

El Máximo que todos llevamos dentro.

El Máximo que tira su espada al suelo.

Máximo, el compasivo.

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domingo, 19 de diciembre de 2010

El grial



Día el que sea

¡Yo es que no puedo con él! Al amo le ha entrado el pálpito de que todo va bien. Se le ha metido en la sesera que el porvenir se nos ha vuelto Mona Lisa que no puede, aunque quiera, dejar de sonreír. Y sus ojos, aquejados de un daltonismo raro, no perciben ya el color negro que nos cerca por completo y solamente distinguen el rosa. A mí el asunto de su repentina obsesión por la Gioconda no me ha causado desasosiego, pues el amo siempre ha tenido problemas de vista, tantos que en el pasado fue ciego de ojos abiertos, pese a lo cual sobrevivió a sí mismo. Me consta que no veía tres en un burro, pasaba por la vida como ausente, el corazón robotizado, mirando pero sin ver, y no se enteraba básicamente de nada que no fuera  su propio ombligo, el alfa y la omega de su existencia en las entrañas de la oscuridad.

             Fue paladín de los necios este amo mío, escudero de la ignorancia consentida, un poco tonto del culo y un mucho corto de miras sin justificación.  Y no lo digo por meterme con él, que yo al amo le tengo en la más alta estima, que nadie se vaya a creer, sino porque él mismo me ha reconocido que ha tardado prácticamente la vida entera en darse cuenta de que no estaba solo en medio de un mundo que no entendía, sino que a su lado, y aún más cerca, siempre ha estado el buen Dios. 

             El amo, en efecto, me ha confesado que no ha vivido, porque vida no se le puede llamar a la existencia vacía y sin propósito de los hombres, que es lo que quiso ser en vano él. Se equivocó de medio a medio y, en lugar de mirar hacia adentro, se sintió submarino en el océano cuadriculado de la razón y puso su periscopio rumbo  a la rutina y al dejarse llevar por la indolencia de no molestarse en buscar a Dios, porque no está ni bien visto ni de moda, con lo que se me endiosó él. ¡Valiente memez! En el pasado, el amo le dio por empinar el codo en el bar de las soledades y, de tanto mirarse en el espejo de la mente, se me emborrachó de su imagen de Narciso, al punto de que no encontró a lo largo de tantos años el camino de regreso a sí mismo. Y anduvo dando bandazos aquí y allá, confundiendo en culo con las témporas, creyendo que Dios, harto de ser rechazado por la estupidez de la lógica humana, se había mudado hace tiempo al quinto cielo, dejándonos a todos compuestos y sin esperanza. El amo también fue de esos, no se crean, que confundiendo a Dios con los hombres, lo creó del barro de su propia miseria y al comprobar que su criatura tenía el don de la libertad, le expulsó de la Tierra  para reinar en las nubes y convertirlo en culpable, por omisión, de los pecados  de este mundo.          

          El amo tuvo, como todos, la  cabeza llena de pájaros, el alma colgada en el armario de las cosas inútiles y profesó la religión de los muy inteligentes, que son todos ellos cabeza y cuerpo, como las gambas. Por eso Dios, viendo que el amo estaba desvariando de lo lindo y que no regresaba ni a la de tres al redil de la libertad con mayúsculas, la de decidir ser antes que poseer, tuvo que invertir las tornas y ser Él el que lo encontrase, porque si no, este amo mío, despistado y obtuso como es, habría seguido jugando a ser pulpo en el garaje de su idiotez. Y le habrían dado las uvas, seguramente, buscando respuestas racionales en los libros, sentido cuadriculado  al caos de su vida, en el disparate que tiene por cabeza.

        El amo ha sido un mal hijo que se ha beneficiado del indulto de la misericordia y la paciencia de Dios, un rebelde sin causa que se ha aprovechado de que al “mejor’’ no le va para nada el papel de juez ni de legislador y por lo tanto no le da por la venganza a la que suelen llamar justicia, ese ojo por ojo de hacérsela pagar al que la hace, tal y como haría la mayoría de los hombres en su lugar.  Al amo le ha tocado la lotería celestial, el premio gordo de su inmerecida Navidad, porque en el fondo tiene la fortuna por aliada, al único santo de verdad de cara y por eso sonríe tan a menudo como un bobalicón en medio del desastre de todas las batallas que por estar perdido perdió. 

        Quizás por ello no debe llevar a extrañeza que le haya dado la pájara de ver en la mueca del dolor diario, la sonrisa sin sexo que pintó Leonardo, quien supo captar el enigma de Dios, la necesaria unión sagrada de los dispersos, reconciliación final de los que estaban perdidos en los labios donde se mimetizan lo femenino y lo masculino, el lugar donde el que busca encuentra, en sí mismo, su otra mitad. El amo es muy consciente de que la gracia de Dios le ha venido por añadidura y no como conclusión inevitable de los méritos que nunca tuvo. De ahí ese contento que se gasta, esa certeza de lo absurdo, la confianza cimentada en el aire sobre la belleza indemostrada de lo que ha de venir. El amo, hasta ayer mismo prisionero del tiempo de su invidencia, y ahora, renacido de sus pretéritas amnesias, se me ha puesto de resaca y a flipar en colores, a ver la luz en todas las esquinas del presente, y a creer, sin lógica ni fundamento,  que cualquier baúl de los recuerdos futuros  será mejor.  

      Me tiene desconcertado el amo con tanta seguridad en lo improbable, que hasta cuando llueve le parece a él que haga sol, alucinaciones por lo demás muy contagiosas, porque mi rabo, que no me consulta nada, tal y como hace él, se me ha puesto de su parte y anda todo el santo día dándole gracias a Dios, no ya por todo lo que nos ha regalado hasta la fecha, que es más que mucho, sino por todo lo que _desde la perspectiva rosada del amo y de mi rabo traidor, repito_ está a punto de tirarnos por la chimenea de su pródiga bondad. Será por eso que se sonríe la Mona Lisa, de verlos a ambos, seguros de nada y, sin embargo, confiados en todo lo que no se ve.  La mueca del pasado ciego del amo se le hizo rosa en la boca indefinible de la madonna, creencia mistérica en lo oculto, la confianza absoluta en que ningún mal nos puede ya lastimar. 

       La esperanza es la riqueza de los desheredados de la Tierra y la Gioconda el testigo de que el futuro, para otros tan impredecible, nos trae, tan cierto como la locura infecciosa del amo, el grial de nuestra felicidad.  


Extracto de La vida según Lucas (II): Diario ampliado.

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viernes, 17 de diciembre de 2010

La parabola del alma peregrina


Ayer hizo un año de la metamorfosis, que el mundo llama muerte, de un ser bello,  por cuya vida quise pasar para sembrar en ella un reguero de estrellas que la guiase hacia el encuentro luminoso Consigo  Misma. También ayer, la tercera de mis hijas, un dibujo animado de la risa que ha cobrado cuerpo de niña, cumplió su tercer y bullicioso aniversario en este espacio-tiempo. Y tres días antes, mi único hijo varón, que posee unos ojos tan bellos que ve en mí toda la risa del Universo, que ya es decir, alcanzó por su parte el número nueve.

Esos tres seres amados encarnan, nunca mejor dicho, otras tantas caras de una misma verdad y paradoja: Las existencias fluyen  _y confluyen_ mientras la Vida permanece. Los tres son  ejemplo de que toda separación es artificial e ilusoria, de que muerte y vida se dan inexorablemente la mano, por mucho que la mente racional se empeñe en separarlas, y son, al fin y al cabo, una y la misma cosa: Un viaje del alma por el camino de los sueños.

La primera de ellos eligió irse un 16 de diciembre, convencida de que su paso por esta vida había concluido y lo hizo en la certeza de que su muerte aparente había sido un ejemplo de serenidad y confiada alegría a la hora de regresar a casa. Gloria, que así se llama, fue estrella que brilló como nunca en su ocaso, una de esas estrellas que apenas se deja notar hasta que, llegado el final, estalla de pronto en una fabulosa Supernova, cuya luz equivale al de toda una galaxia de miles de millones de estrellas. 

Ésa fue su grandeza. Gloria fue la madre-pájaro que voló por amor a sus polluelos para que éstos, atrapados en su cielo protector, pudiesen al fin volar pos sí mismos. Gloria, cuando se le apagaba la existencia, no eligió el dolor que la había elegido y decidió brillar en la oscuridad de la agonía. Gloria recordó, justo al final, que el final es, en verdad, no el comienzo de la tristeza, como  creee el mundo, sino el principio  de la alegría que se repite en un ciclo sin fin. Recordó que la vida es risa, que el sufrimiento es elegido y  que la tragedia, que con tanto ahínco escenificamos todos, es sólo aparente y una solemne tontería.

Así se lo conté al oído tantas veces. Así se lo  transimitió a los suyos, no porque yo se lo dijese, pues a menudo me escuchaba como quien oye misa, sino porque lo supo por sí misma cuando comprendió que el rostro arrugado que le reflejaban los espejos del mundo, el de la mujer que se moría, no era sino el de un ángel de la Vida en los ojos eternos de Dios. 

Gloria me concedió la gracia de acompañarla, en una pequeñísima parte que me corresponde, hasta el umbral mismo donde concluye el sueño del alma para despertar a la Vida. Desde este post (mortem) le doy las gracias ante el mundo entero por su extraordinaria  generosidad y confianza en el desconocido. Pero, sobre todo, le doy las gracias porque nuestra pequeña historía, vivida con minúsculas al pie de una cama o un sofá, donde ella yacía, se la podré contar a todos mis hijos,  que ahora inician su andadura de estrellas que  aún no saben que son Supernovas, como la parabola del alma peregrina.  

La parabola de Gloria, que se creyó mujer mientras su mente anduvo errante por las  falsas preocupaciones mundanas y que, en el epílogo de su existencia, en el momento de apagarse, brilló en todo su esplendor al recordar que  era Amor eterno y la Luz que nunca acaba.

La luz de todas las almas peregrinas.

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jueves, 16 de diciembre de 2010

Aullidos en el armario


En el fondo de armario de mi forma de sentir el erotismo _donde, a mi pesar, ha habido siempre más de nada que un poco de todo_, encuentro hoy, que me asomo por la puerta de mí mismo siguiendo un irracional impulso, para echarme un vistazo con el que no contaba, un auténtico bazar de cachivaches varios, cajón "desastre" de objetos enmohecidos por el no uso, de prendas malgastadas por la indiferencia y encuentro, por encima de todo, una ausencia irrreverente de calzoncillos.

En el fondo, mi armario es un camerino perdido entre bambalinas, en las que aguardo como un lobo, hambriento y agazapado entre estanterías desvencijadas, que el falso cordero degollado que me interpreta habitualmente en el escenario de la vida se canse de tragedias cotidianas, de comedias de medio pelo, y se retire de escena, avergonzado de no haber triunfado en el teatro de sí mismo.

Al echar un vistazo en él se apagan los focos del hastío y encuentro, aquí y allá, perchas de las que se descolgó la lujuria, la rutina colgada de cada día, y un montón de tangas viejos que husmeo con el hocico húmedo para creerme que están vivos. Mas allá, al final de la estantería donde yacen inermes las fantasías, un látigo que apenas perdió su brillo, el liguero que jamás te quité, el vestido de Lilliput que nunca te pusiste y un liguero de "cabarretera" que ya no recuerda el diámetro de tu danzante cadera.

Podría ponerme triste mirando los cachivaches de mi armario. Podría, incluso, creerme que un día viví cuando los puse en tus manos para salir, desnudos de perjuicios, al escenario de la vida. Pero no es verdad. La verdad es que aún no hemos nacido. Todavía estamos en el útero de un armario, a la espera de que las contracciones de un parto verdadero, no de una pantomima mundana, nos arrojen a patadas fuera de la naftalina.

Mientras tanto, en el fondo de mi armario contemplo, fascinado, boas emplumadas que me miran como si no me hubiesen visto nunca, zapatos muertos de la risa y subidos al rascacielos de un tacón, y puedo, porque no hay Dios que me lo prohiba, tomar café y fusta con Sade cualquier tarde, robarle la mantequilla a Marlon Brando y darle por el orto a la tontería.

En el fondo del armario, me despojo del disfraz y soy sólo un animal sin calzoncillos para darte facilidades...

Nada más que un lobo hambriento, que sigue el rastro perdido de tus tangas y sueña con ser caníbal.

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miércoles, 15 de diciembre de 2010

Mar adentro


He iniciado viaje hacia las profundidades de Mí Mismo, con rumbo puesto al mar adentro de mi tranquilidad, hacia ese lugar donde reina el Dios de mi paz interior, el único capaz de salvarme de todos mis naufragios cotidianos. Desde hace unos días he podido, después de largo tiempo de tempestad y zozobra personal, detener el tiempo de las prisas y acercarme al reloj acelerado de la mente para paralizar sus agujas no donde ella me indica en desbandada, sino donde yo quiero exactamente: en el kilómetro cero de los deseos de mi alma liberada.

Ya era hora.

He tardado casi 44 años en recordar, y en experimentar, que el propósito íntimo de mi vida no esta en ir a parte alguna, sino en aquietarme. Casi 44 años, que se dice pronto, en cobrar conciencia de que no hay lugar real al que llegar, porque todo lugar es una ilusión que yo he puesto ahí, aparentemente a mi alrededor, para alcanzar a comprender que allá donde mire ya estoy, que allí donde sueño dirigirme, Soy.

Desde esta sensación de Paz profunda, serenísima, bella hasta lo indecible, esbozo una sonrisa de satisfacción hasta ayer desconocida y siento, por vez primera, el infinito Amor contenido en la palabra confianza. Llegado a este punto, al que verdaderamente no he llegado, porque nunca he salido de Él, salvo en sueños que confundí con vivencias, mi Ser se aquieta en la certeza de que no hay distancia que tenga que recorrer para alcanzar lo sueños, ni lucha que librar contra las apariencias, que intentan convencerme de que debo hacer esto o aquello, tener aquello o de más allá, para poder ser la felicidad que jamás dejé de Ser.

En este no lugar en el que ahora me hallo he podido por fin hacer las paces conmigo mismo, perdonarme los incontables olvidos y las necedades tantas veces repetidas, la ceguera que elegí, el sufrimiento absurdo y la violencia gratuita, y he dejado de esperar cualquier cosa que no venga de la mano con la que doy. La sensación de libertad que me invade es abrumadora. Y el inmensurable agradecimiento que experimento os alcanza a Todos, porque Sois, la mayoría sin recordarlo, yo mismo haciendo de otros en las películas de aventuras que cada alma elige.

Aquí y ahora, no espero nada, porque comprendo que lo tengo ya todo. El miedo ha salido huyendo, despavorido, por mi ventana.

Aquí y ahora sólo tengo deseos y preferencias. Muy claros los senderos a no seguir. Diáfano el camino de mi Ser.

El camino es dar en cada momento la respuesta más elevada. Y ésa respuesta es siempre Amor.

Y como no es lo mismo decirlo que vivirlo, acabo de llamarme a mí mismo para experimentarlo...

...Hace un momento sonó el timbre de esta casa donde hoy me encuentro en calma, en la orilla del mar de la tranquilidad. Salí y me encontré con otra versión de mí, a todas luces huida del infierno de las drogas, que me explicó no sé qué cosa sin que yo, enfrascado todavía en mis pensamientos interiores, acertase a entender ni una sola palabra. No hizo ninguna falta. Oí el silencio de su alma pidiendo ayuda, su alma que me recordaba que, no hace tanto, había estado en vano delante de mi misma puerta.

Le sonreí. Y donde ayer le dije que no podía darle nada, porque estaba en el paro, hoy, que también lo estoy, me paré tranquilamente a darle todo, poco o mucho, lo que llevaba en nuestra cartera.

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martes, 14 de diciembre de 2010

El limbo



La niebla del fin del mundo me ha seguido, sigilosa, los pasos hasta Toledo. Presiento que para indicarme el camino de regreso a mi amada Galicia y para darme la oportunidad de hablar del gris que tan poco me gusta, el limbo en el que, sin saberlo, anda la común de las almas vagando.

De poco le ha servido a la Iglesia Católica eliminar de golpe y porrrazo el limbo, después de siglos de mandar allí el alma de millones de bebés que, siendo inocentes menos en el pecado original, que al parecer ya lo traemos de serie, como la marca vergonzosa de la Bestia, hay que joderse, tenían la mala baba de morirse sin pisar una triste iglesia y sin bautizarse: ese rito en el que un señor con faldas te echa agua en la cabeza y te quita, en un santiamén, las manchas de fabricación del alma. Lo peor de todo es que no me consta que el Papa haya enviado al desaparecido limbo ninguna misión de rescate, ningún escuadrón de ángeles de Harrelson, para devolver al paraíso vip, en el que sólo se entra con recomendación de San Pedro, a todos los niños hasta hace poco condenados al desprecio y al olvido.

Lo mejor, siendo egoísta, es que yo, que tengo a varias hijas sin bautizar, vaya por Dios, porque un día me dio la ventolera y me planté a la hora de seguir colaborando con el gran negocio celestial, así me excomulguen a perpetuidad, no tendré que penar ante la posibilidad de que alguna de ellas acabe, dentro de tropecientos años, cuando salga del cuerpo para volver a la Vida, perdida y muerta de tristeza en ese lugar ignominioso, la gran putada del limbo, que algún cabrón inventó para que todo Cristo pasase por el aro arancelario de la pila bautismal.

Pero eso no me quita la preocupación, como padre, no como Dios, de que se me puedan extraviar en medio de la general grisura, de la niebla absoluta en la que anda la mayor parte del personal metida. Ése, para mí, es el verdadero limbo, el lugar de la inopia y la inconsciencia, el de no ver _o de no querer ver_ más allá de lo que tienes a medio palmo de las humanas narices. Ese limbo sí que me da un miedo que te cagas, no lo niego, porque una vez que entras en él _y hablo por experiencia propia_, acabas más perdido que un bate de béisbol en el culo de Belladona, más, incluso, que el dedo de un imberbe en busca del clítoris perdido en la laberíntica orografía del primer coño de su vida.

Yo es que debo de ser un gallego raro de carallo, uno de esos que uno se encuentra hasta en la Luna, sin ir más lejos, porque me pongo de los nervios y no me pone nada, lo que se dice na-da, el gris de no saber si voy o si vengo. Y no hay nada que más me joda en el mundo que no tener ni idea, que estar hecho un gilipollas integral, ante cualquier cuestión, para mí trascendente, para la mayoría irrelevante, de la vida. Yo es que prefiero el blanco nuclear o el negro tizón, la Luz total o la oscuridad sin paliativos, sin término medio, porque soy más exagerado _otra de mis incontables paradojas_ que uno del mismísimo Sur, donde cualquier chorrada nimia es, por definición, lo-má-grande.

Cuando estás en Luz, ves con absoluta claridad y con la sencillez de un niño. En tal estado de Ser la verdad te hace libre, consciente a la hora de elegir, huido de los comunes autoengaños, la siguiente jugada de tu vida. Por contra, cuando está a oscuras, te puedes romper la crisma una y mil veces chocando contra tu propia imbecilidad, contra las paredes inexistentes de tu ceguera, pero siempre cabe la posibilidad de que se encienda, aunque sea por error, un pequeña Luz en tu interior, un destello que alumbre el inicio del camino de salida.

Ay, pero cuando estás metido hasta las cejas en la niebla del limbo, no hay luz de ninguna potencia que valga. Que se lo pregunten si no a los conductores cuando, a traición y con nocturna alevosía, los sorprende la niebla espesa en medio de la carretera. Ahí sí que estás jodido y bien jodido. Ahí lo mismo te caes por el barranco al otro mundo que te encuentras de morros con la Santa Compaña, con la mayoría del personal vagando, como tú, en ordenada procesión, entre la fantasmal grisura que no permite a nadie ver a dos en un burro.

A mí, la niebla sólo me gusta en Galicia. Forma parte del paisaje de sus leyendas y le pega. La hace máxica. Pero hasta ahí.

La niebla se te mete en los ojos del alma y no te deja verte a ti mismo. Sólo a personajes que se hacen pasar por reales, espectros de la mente fabricados por el mundo, mutantes de sí mismos, que representan la comedia mundana de los muertos vivientes, de los vivos dormidos. Seres inconscientes _y que, sin embargo, de creen muy listos: ésa es la trampa_ que, sin saberlo, le hacen el juego a quienes manejan los hilos de la niebla y prometen, a cambio de entregarles la vida, falsos paraísos terrenales so pena de condenarte al infierno de los desheredados del mundo.

Lo chungo es que el paraíso que prometen es el mismo jodido limbo. La misma niebla cotidiana. El mismo gris de cada día.

Y yo eso no lo quiero para ninguno de mis hijos.

Ni para ti, que me lees, sin llegar a verme, a través de la niebla.

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lunes, 13 de diciembre de 2010

Ana y el sapo



A pesar de nuestra falta crónica de tiempo para casi todo lo que tenga que ver con lo personal, que a veces hasta se nos olvida evacuar la vejiga, Ana, mi mujer, y yo sacamos a veces de la chistera del alma momentos luminosos que, en medio de la jaula de grillos en formas de niñas pequeñitas y bulliciosas, pidiendo lo imposible y más allá, en la que habitualmente vivimos, resultan, como poco, paranormales, a años-luz de las convencionales vivencias. Ana y yo, tal para cual, en los últimos días, de los de "agárrate que hay curva" como casi todos, hemos mantenido conversaciones que a mí, que por ahora paso los días limpiando mierda en la casa visible y en el desván de mi interior, me salvan del naufragio y me traen, como una bendición del cielo, un aguacero de post, que irán anegando y haciendo fértiles nuestras tierras comunes de este blog, la piedra filosofal que convierte la aparente rutina en lo extraordinario.

Ayer mismo, sin ir más lejos, una nublada mañana de domingo, que se presentaba previsible de tareas e intendencias hasta la bandera, borrasca de limpieza general y temporal de coladas, cien litros de lavadoras por metro cuadrado según las previsiones metereodomésticas, dejó pasar durante unos minutos un rayo se sol, apenas un hilo de luz con el que, a la brisa de poniente de un café, fuimos capaces de tejer en tiempo récord un parlamento sentidísimo acerca de la Fuente, escrito en mayúsculas para que nadie la confunda con la de la Cibeles, es decir, mismamente Dios. Pero fue un hablar de Dios desde lo personal, desde el viaje que cada cual elige en esta vida, el Dios de las pequeñas cosas, el Dios en sus versiones en miniatura, en sus individualizaciones, mundanas, en su versión divina de Ana y mía, sin ir más lejos, que es sobre la que podemos opinar cada uno con conocimiento y, a veces, incluso con sabiduría.

No voy a traer a este post _ya habrá ocasión para ello_ el contenido de la conversación, sino el hecho de que Ana, tal y como hace a menudo, puso el punto sobre la "i" del sentido mágico de lo que estaba sucediendo, una vivencia que supo transcender las circunstancias, el gris de la mañana de un domingo cualquiera, para elevarse por encimas de la coladas y los biberones hacia la atmósfera más pura de nuestras almas. En muy pocas palabras, Ana colocó las cosas de nuestra universo en su exacto lugar... "¿Con qué otro ser podría mantener una conversación sobre la Fuente una mañana de domingo?"..., señaló de pronto, llenando con su Luz todas las distancias, deteniendo el frenesí enloquecido del mundo y creando unos segundos de primavera donde antes sólo había invierno.

La miré en un éxtasis cotidiano y la vi, otra vez más, como tantas otras, como ella Es, extraordinaria. Cualquier cosa menos común. Únicamente común conmigo. Mía, en una palabra.

Ana es así. Ahí, donde no la veis, no conoce _más que por autoabducción_ el significado del término medio. Os Es Todo o es nada. O es fuera de toda medida, el despatarre total, o no te alcanza para nada. O atracón a mano armada o morir de hambre, que así es, a menudo a su pesar, como se las gasta. Ana, como yo, es el mundo al revés, excesiva hasta la exageración, fuerte como un roble aunque frágil como un cristal, rebelde y ácrata donde las haya, déposta sin querer y dócil jaca alazana, tendente al caos ella también, mal que le pese, disidente de la nada. El orden, para ella, es algo con lo que regularmente se llama a capítulo para parecer _sin jamás éxito a mis ojos_ alguien normal y con carta de presentación mundana, hábil como ninguna para hacer trabajos exquisitamente planificados, ordenadamente productivos, que ella vive, no como un placer, que sería lo deseable, sino como su tabla de salvación en cuanto a la supervivencia y a la no "escarlatodependencia" _A Dios pongo por testigo_ de nadie.

Pero a mí no me engaña. A ella le va el salto mortal y el vértigo, el abandono y la confianza ciega, aunque la tema como nada, ésa es su paradoja y su elección, más que ninguna historia convencionalmente planificada. Ana escribe los cuentos de hadas al revés, tanto que sus princesas acaban llamándose calle. Por eso, hace cinco años, y cada día desde entonces, después de besar a unos cuanto príncipes, de esos que uno puede presentar a la familia sin miedo a que te echen a patadas, acabó eligiendo al sapo de los pantanos, al divorciado de turno con hijo y más deudas que pelos en la calva, al cabeza a pájaros con telarañas en la cartera, al visionario iluminado con un punto canalla que espanta, al macho de más dudosa reputación de la manada, para ponerse las críticas y mal de ojo del mundo por montera y, en lugar de montarse un chalé de puta madre en la Moraleja, irse tan ricamente de alquiler con su sapo, con el que poder hablar de la Fuente cualquier domingo por la mañana.

Ana es, en el fondo, tan estrafalaria que ni siquiera le importó cuando, al besarme, el sapo no se convirtió en príncipe, sino todo lo contrario.

Fue ella la que, para el mundo, a Dios gracias, se convirtió en rana.

Extrema e irrepetible. Única.

La mía.

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viernes, 10 de diciembre de 2010

La teoría del caos



Aunque con palabras más amables, mi mujer me lo recuerda a menudo:

Tengo tendencia al caos.

Soy desorganizado. Ácrata por naturaleza. Rebelde sin causa frente al orden que establecen otros. Padezco de ordenfobia. No me gusta el tiempo para cada cosa, salvo que la cosa sea exactamente la que me apetece, ni me siento para nada cómodo en lo que ahora llaman timing, que a mí me suena directamente a cárcel, la programación milimétrica del tiempo, la optimización del reloj, de modo que las horas resulten matemáticamente productivas.

Como no tengo la cabeza en su sitio, centrada en las tareas que cada día me aguardan, lo mismo empiezo esto, que lo dejo sin razón conocida y empiezo con aquello para acabar haciendo algo totalmente distinto a lo que inicialmente me había planteado. No las pienso y como no las pienso, habitualmente la cago. La cago tanto que ni siquiera se me ha ocurrido pensar que debo enseñar a mis hijos cuál es la forma exacta de doblar la ropa tras pasar por el tendal y antes por la lavadora, donde lo mismo meto _y no porque no se me haya dicho mil veces_ blanco con negro, que algodón con lana, en un disparate total.

Yo voy a la que salta. A hacer de mi capa un sayo si eso me place, cuando me place y como me place. Y así me luce mundanamente el pelo, que, en mi caso, es un decir... Y no es que yo no sea quien de ver los beneficios de controlar el tiempo para que te dé tiempo a realizar un sinfín de tareas, qué va. Lo veo, pero no me da placer. Me propongo hacer algo con un cierto orden, pero la cabeza se me va, al segundo siguiente, a pensar en todo lo que me pone cachondo, nada que ver con el orden, todo que ver con el despiporre padre y la entropía supina, y acabo no dando pie con bola.

Que se lo digan sino a mis hijas, que padecen en primera persona a este padre descerebrado , entrópico y tendente al descontrol, y que deben haber heredado, pobrecillas mías, el gen del caos, ya que, muy a menudo, el zapato derecho tiende al pie izquierdo y viceversa. Y ni ellas ni yo caemos fácilmente en la cuenta de que no damos una a derechas. Peor aún: la parte delantera de la camiseta, que hasta el más tonto sabe cuál es, pues hete aquí que el padre de las criaturas no, y se la acaba poniendo, como hace con el mundo, del revés.

A mí la rutina de la previsión y la tiranía del señor timing me matan. Me dejan frío. Me la pelan y me la sudan a dos manos. La organización exige una disciplina de la que yo carezco y, a mi corto entender, asesina la pasión con la que yo vivo el momento... Y yo, todo hay que decirlo, siendo poco en lo humano, sin pasión me quedo en nada.

Por eso escribo. Por pura pasión. Escribir detiene el tiempo y evapora los relojes. Escribir es permitir la magia de que Dios se diga, torrencial y sin cauces, a través de mí. Yo no pienso en lo que escribo. Escribo lo que me sale y me da la gana. Yo no soy dueño de mis palabras. Tal y como yo lo vivo, escribir no es la resultante de un esfuerzo y una organización mental, meigas fóra, sino la plasmación, apasionada y salvaje, de lo que se cuece en mi adentro. Puro placer. Nulo trabajo.

Escribir me salva del orden y me convierte en pez en el agua de mi caos mental, donde pugnan por salir, sin orden ni concierto, tantas voces y, al fin, la misma Voz. Yo soy incapaz de reflexionar acerca de lo que escribo, y menos aún de esforzarme lo más mínimo en organizarlo todo mentalmente para después colocarlo en orden lógico por escrito. Si hiciera tal cosa, si metiese la cabeza en el asunto, el dedo índice, con el que me salté a la torera la planificada colocación digital de la mecanografía, se me quedaría, infeliz él, inmediatamente flácido sobre las teclas y no podría darme el gusto de escribir, de soltar al vacío _ése orgasmo brutal_ el chorro impremeditado de mis palabras.

Escribir es mi grito de rebeldía y mi canción protesta. Mi cara y la cruz de quienes amo caóticamente.

Escribir es mi forma de escapar de la cárcel, poniendo a parir todas las cárceles de las cosas como tienen que ser.

Escribir es mi forma de decir que a este mundo le sobra orden por todas partes, un orden que no lleva a ninguna parte, y le falta una buena dosis de caos que acabe de una vez con las injustias , las desigualdades y las infamias. Escribir es ponerlo todo patas arriba para empezar de nuevo. Inocentes. Puros. Sin ideas preconcebidas. Sin conocimiento alguno, pero más sabios.

Escribir, como tantas cosas en mi vida, no me sirve productivamente para nada, pero el caótico gustazo que me da hacerlo no me lo quita ni Dios.

Dios menos que nadie.

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jueves, 9 de diciembre de 2010

Caronte


Como tantas otras veces, vuelvo a cobrar conciencia, en carne propia, de que la vida _al menos la mía_ es cíclica, eterno retorno de lo mismo, aunque todo sea distinto. Hecho la vista atrás y me veo, hace cinco años, hace apenas nada, recién separado, con un trabajo de años tirado por la borda, sin un euro el bolsillo y con la única fortuna _la mejor de todas_ de un perro fiel y bondadoso, Lucas, al que le di mala vida a cambio de dármelo él todo, dos hijos que veía cada dos por tres entonces y que ahora apenas veo y un amigo invisible, o simplemente Dios, para los amigos.

Hoy, como ayer, estoy la mayor parte de mi tiempo solo o con mis hijos, que ahora son cinco, porque en eso sí que soy rico, o directamente millonario, pero con menos fuerza en un cuerpo agotado por la falta de descanso, castigado por mi adicción suicida a los malos humos, un cuerpo que me sostiene no sin dificultad, que hasta me cuesta un mundo ponerme los puñeteros calcetines, y que se desplaza como el Titanic, hundiéndose un poco más a cada paso, después de haber chocado contra el iceberg de mi estupidez autodestructiva.

Hoy, como ayer, estoy en paro para variar, echado a patadas del mundo de los teóricamente vivos y vagando como un Caronte por el río Estigia, sin dos monedas que llevarme a los ojos para así poder pagar el peaje de esta vida mía cíclica y abandonar, de una vez por siempre, el Hades de mis escaseces cotidianas.

Y hoy, como ayer, por último, sigo con la tendencia a hablar solo como los locos y a poner mis pensamientos por escrito como si, al hacerlo, fuese a cambiar de repente todo, sobre todo la némesis aburrida de mí mismo, por obra y gracia de mis palabras.

Así lo siento. Está en el aire. Casi lo toco con la punta de los dedos. Hay precedentes de esa magia.

Los augurios están ahí: Hoy, como ayer, mi historia se repite y soy feliz en la cuerda floja, feliz con casi nada.

Todo va a cambiar, lo sé. Todo, menos mi amigo invisible, eternamente a mi lado.

El Dios que resurge de la cenizas de Caronte.

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