sábado, 8 de enero de 2011

Los zapatos de Dios


El Universo es la casa de los sueños que Dios construye cada día con los ladrillos de las paradojas.  Un lugar de contrarios aparentes que, en realidad, son afines. Al Gran Jefe, en el fondo, le  encantan las contradicciones, el “sí” y el “no” que caminan de la mano y el ni “sí” ni “no, sino todo lo contrario. Menudo es Él/Ella/Ello. Le encanta el espacio sublime donde lo pagano y lo divino se hacen uno, el tiempo donde el simple polvo se hace magia.

El Gran Jefe es fetichista por naturaleza. 

Por eso, y por poner sólo uno de un millón de  posibles ejemplos, es capaz, porque le da gusto,  de dotar de poderes místicos, sobrenaturales, al calzado que cubre al más humilde de los  pies. Un simple objeto que, a los ojos del fetichista que lo ama y lo venera, cobra vida y se convierte en su dios.   Sobre todo, cuando el zapato se sube al altar de un gran tacón, de aguja o plataforma, ya que son legión los devotos de San Higs heels.  

Los zapatos de tacón alto _y muy especialmente los Punitives Shoes_  elevan al mortal que lo lleva a ras de suelo por encima de la grisura cotidiana y lo sitúan en el Olimpo de los dioses, digno de adoración y, al mismo tiempo, esclavo del amo que ha colocado en ellos a su Cenicienta. 

Quien es digno de llevar un punitive shoe es primero y, sin embargo, último _la paradoja divina una vez más_ y donde debería encontrar la inmovilidad y la indefensión que supone lucirlos en el fondo halla la liberación total de su voluntad para ponerla, en un acto de fe supremo, en manos del dios que ama.

No existe mayor prueba de abandono y de confianza.

Los punitive Shoes son castigo y premio al mismo tiempo. Son la jaula y la libertad. El llevarlos para, al fin, ser llevados. Es la paradoja de las ántipodas que se tocan.

Es un mortal que sube al cielo cuando besa el suelo por donde camina su Dueño.

Y es Dios que baja a la Tierra, subido en sus zapatos de tacón.

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