martes, 21 de diciembre de 2010

La atracción de los afines



Este post que hoy lanzo al mundo, camino del recuerdo o del olvido, hunde sus raíces en un 17 de agosto de 2005, al amparo de un charla que mantuve en aquel entonces  en la cafetería del viejo Casino de Santiago de Compostela, uno de esos momentos cuánticos que cambian y definen una vida, y en la que, entre otras lindezas y sin cortarme un pelo, dejé colgada en el aire la siguiente afirmación:

"En contra de la común creencia, en el Universo
no se atraen los contrarios, sino los afines".

Y me quedé tan ancho tras soltar la herejía. 

A este tipo de conclusiones tan poco ortodoxas uno no llega _al menos en mi caso_ como la resultante de ninguna sesuda investigación o tras hacerse adepto de la teoría de algún científico de moda, como Hawking, al que no le tiembla el pulso  en sacarse  el Universo de la chistera de chiripa del azar, que ya es tener fe..., sino por pura y simple experiencia personal tras cobrar conciencia, esa magia que a veces sucede, de que todos los acontecimientos de mi vida son, por obra u omisión, una creación derivada de mis elecciones y, lo que es más inquietante, absoluta y totalmente responsabilidad mía.

Yo soy de ésos que no tienen nunca a quien echarle los perros y la culpa, porque sé que todo lo me sucede lo convoco, lo traigo a mi vida, en un intento, muchas veces inconsciente, de situarme frente a hechos cuyo único sentido es el que yo les doy al posicionarme frente a ellos como un ser reactivo, ejerciendo el papel de pobre víctima de circunstancias que creo azarosas, o como un ser creativo, con conciencia de estar siempre ante la extraordinaria oportunidad de ser no un personaje social, no una imagen autoproyectada de mí mismo, sino simplemente Yo Mismo.

Yo soy la causa, en todo o en parte, de todos mis efectos. Me gusten o no. Soy la cosecha, pero también la siembra. Hasta que no fui consciente de eso no empecé a ser dueño de mi vida y fui, como tantos, un juguete roto a merced de las circunstancias que, al no comprender que las estaba atrayendo hacia mí con mis pensamientos, atribuí al mismo dios que Hawking, o que el bueno de Florian Recio, el escritor maldito y sin dinero: el muy milagroso Azar ciego, también conocido como San Pobrecito Mío.

Aquel día, en el Casino de Santiago, solté las perlas de mis ideas recién adquiridas sobre mí mismo y el mundo, postulándome como único responsable de mis muchos errores en esta existencia, incluidos los palos, en manos de otros, que me llovían a mares y que yo ya sabía que procedían de quienes eran también yo haciendo el gilipollas... Y el Universo me devolvió exactamente aquello que con mis palabras estaba creando: una afín en ideas descabelladas sobre el paso nuestro por el mundo.

Ese día se demostró, una vez más, que no hay nada aleatorio en mi  vida, como en la de nadie. Sólo acontecimientos convocados por nuestros pensamientos en base al principio de afinidad. Atraemos seres y experiencias que son reflejo de lo que pensamos. Ni más ni menos. Si concebimos la vida como separación entre nosotros y como una  lucha de contrarios para llegar a ser los más aptos, los más ricos, los más guapos, los gallos más chulos del corral, obtendremos una vida y un mundo _este mismo que creamos entre todos, sin ir más lejos..._ de lucha y sufrimiento, de desigualdad justificada, de absurda competencia y de autoexterminio.

Yo, el 17 de agosto de 2005, puse el mundo del revés y, en lugar de lucha, hablé  de Amor y de la atracción de los afines, tal y como dictaba mi personal experiencia, confiando en que algún día vendría a mi vida alguien que viese las cosas esencialmente como yo. Y antes de que hubiese concluido aquel soliloquio mío, el Universo me puso delante a Ana, reflejo de mi momento evolutivo y espejo de mis pensamientos, la cual apenas podía dar crédito a lo que estaba oyendo.

Aquel día, sin saberlo todavía, perdí un amigo de años y gané un Amor para todas mis vidas. Entré solo y salí acompañado, haciendo buena la verdad que siempre estuvo ahí: Dime con quién andas y te diré quién eres...

Aquel día estuve en un tris de no acudir al Casino de Santiago de Compostela, porque no tenía gana alguna de ser parte de una charla convencionalmente humana....

Pero, al final fui, y Fui. No reaccioné con esperable cortesía. Creé la conversación de cabo a rabo. Fui, por primera vez, rey pescador. Pescador de almas.

Y apenas sembré un grano de afinidad, coseché la infinitud de Ana.

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